He ido marcando con cruces de fuego
el atlas blanco
de tu cuerpo.
Mi boca era una
araña que cruzaba
escondiéndose
en ti, detrás
de ti, temerosa, sedienta.
Historias que
contarte
a la
orilla del crepúsculo,
muñeca triste y
dulce,
para que no
estuvieras triste
un cisne, un
árbol
algo lejano y
alegre.
El tiempo de
las uvas, el tiempo
maduro y
frutal.
Yo que viví en
un puerto desde
donde te
amaba
la soledad
cruzaba de sueño y de silencio.
Acorralado
entre el mar y la tristeza.
Callado,
delirante,
entre dos
gondoleros inmóviles.
Entre los
labios y la voz,
algo se
va muriendo.
Algo con alas
de pájaro,
algo de
angustia y de olvido.
Así como las
redes no retienen el agua.
Muñeca
mía,
apenas quedan
gotas temblando.
Sin embargo,
algo canta
entre estas
palabras fugaces.
Algo canta,
algo sube hasta mi ávida boca.
Oh poder
celebrarte
con todas
las palabras de alegría.
Cantar, arder,
huir,
como un
campanario
en las manos de
un loco.
Triste ternura
mía,
¿que te haces
de repente?
Cuando he
llegado al vértice
mas atrevido y
frío
mi corazón se
cierra
como una flor
nocturna.
Pablo
Neruda