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Las raíces del cielo

Deshilachado gris perla sobre dormidas calles desiertas. Navegante con mis hermanos alados entre la bruma que no acaba nunca de despegar de la  tierra.
Sin gente ni gestos en torno, atraído como siempre por la voz de los  escasos árboles, nunca mi antigua  soledad se sintiera tan acompañada.
Otra  vez la bandada de gorriones,  ahora un hornero que se acerca confiado, a pequeños pasos como notas de un solo de flauta.
Esta mañana de domingo que incendia otra hoja en el calendario, un día más  o  menos en la historia del mundo. La misma suciedad en las calles de esta ciudad de ninguna parte y un frío celestial  bajo el manto gastado de esa  mendiga que se diluye de a poco.
Arena en el reloj de la vida como vino generoso lentamente escanciado en  bocas ajenas, tiempo de partir y buscar las raíces más profundas del  cielo.
Tierra natal de las horas, alfa y omega, fin y principio de todas las  cosas  que caminan o arden.

 

Alejandro Drewes,  julio 17, 2004.

 

 

 

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