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Albahaca, yerbabuena y naranjo en flor
 

© Juan José Mestre
 

Albahaca, yerbabuena y naranjo en flor, amén de las glicinas del patio, son los aromas que recuerdo al remontarme a mi infancia. Y la tierra mojada (la de la lluvia y la del regador que pasaba en las tardecitas por la calle). Y las bolitas de vidrio, cuando todavía no había descubierto que lo que hacía con las mías también era un juego. Y la soledad, y el campito de fútbol donde no jugaba, miraba y no comprendía por qué no podía pararme de la sillita. Y mi abuelo libanés y los trenes, los viajes a Buenos Aires cuando no había agua y mi mamá me lavaba la cara con vascolet (¡!) y mi abuelo valenciano y la pelota vasca, las mujeres y las coplas con clavel en los labios… Y mi abuela criolla, elegante a rabiar, loca, completamente loca por el look y el mundo que giraba conmigo para que no perdiéramos el equilibrio y nos fuéramos a la mierda los dos; y mi padre con sus cajas de figuritas y el vale por la número cinco, blanquito, redondo y contundente y, y, y…


Y a los siete años caminé, empecé el cole, Kennedy moría e Illia me daba un beso en el Teatro Verdi, pero nada trascendente: la gente de la casa cumplía con su ciclo en este plano o simplemente se mudaba, mientras yo seguía con los deberes de todo impúber: dividir, multiplicar y esas cosas.

A los quince, como toda una señorita, me desarrollé; perdón, quiero decir: terminé la primaria y comencé a vincularme con mis compañeros de clase, me enamoré, me hice de izquierdas, bebí mucha cerveza, escribí muchas cartas, amé, sufrí como un marrano… todo perfecto. Deep Purple, Pink Floyd, Charlie y Spinetta. De literatura, pura basura. Hasta que el Gabo escribió Cien años… y me dio vuelta la cabeza.

Nunca me di cuenta en qué momento comenzó mi madurez, tal vez porque todavía no haya comenzado. Sigo viviendo en la casa chorizo que mi abuelo compró hace 85 años, justo la edad de mi vieja. Solo, como casi siempre, con mis amigos, la literatura, Yero (mi perrito) y un séquito de fantasmas y musas que, de vez en cuando, hacen que escriba alguna que otra palabra que cuaje con la siguiente.
Lo único que extraño es ese aroma de Albahaca, yerbabuena y naranjo en flor, amén de las glicinas del patio.



© Juan José Mestre