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América Latina ya no es una amenaza. Por
tanto, ha dejado de existir. Rara vez las fábricas universales
de opinión pública se dignan a echarnos alguna ojeada. Y sin
embargo Cuba, que tampoco amenaza a nadie, es todavía una
obsesión universal.
No le perdonan que siga estando, que maltrecha y todo siga
siendo. Esa islita sometida a feroz estado de sitio, condenada
al exterminio por hambre, se niega a dar el brazo a torcer. ¿Por
dignidad nacional? No, no, nos explican los entendidos: por
vocación suicida. Con la pala en alto, los enterradores esperan.
Tanta demora los irrita. Al Este de Europa han hecho un trabajo
rápido y total, contratados por los propios cadáveres, y ahora
están ansiosos por arrojar tierra sin flores sobre esta porfiada
dictadura roja que se niega a aceptar su destino. Los
enterradores ya tienen preparada la maldición fúnebre. No para
decir que la revolución cubana ha muerto de muerte matada: para
decir que ha muerto porque morir quería.
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Entre los más impacientes, entre los más furiosos, están los
arrepentidos. Ayer han confundido al estalinismo con el
socialismo y hoy tienen huellas que borrar, un pasado que
expiar: las mentiras que dijeron, las verdades que callaron. Es
el Nuevo Orden Mundial, los burócratas se hacen empresarios y
los censores se vuelven campeones de la libertad de expresión.
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Nunca he confundido a Cuba con el paraíso. ¿Por qué voy a
confundirla, ahora, con el infierno?
Yo soy uno más entre los que creemos que se puede quererla sin
mentir ni callar.
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Fidel Castro es un símbolo de dignidad nacional. Para los
latinoamericanos, que ya estamos cumpliendo cinco siglos de
humillación, un símbolo entrañable.
Pero Fidel ocupa, desde hace añares, el centro de un sistema
burocrático, sistema de ecos de los monólogos del poder, que
impone la rutina de la obediencia contra la energía creadora; y
a la corta o a la larga, el sistema burocrático -partido único,
verdad única- acaba por divorciarse de la realidad. En estos
tiempos de trágica soledad que Cuba está sufriendo, el Estado
omni-potente se revela omni-impotente.
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Ese sistema no proviene de la oreja de una cabra. Proviene,
sobre todo, del veto imperial. Apareció cuando la revolución no
tuvo más remedio que cerrarse para defenderse, obligada a la
guerra por quienes prohibían que Cuba fuera Cuba; y el incesante
acoso exterior lo fue consolidando a lo largo del tiempo. Hace
más de treinta años que el veto imperial se aplica, de mil
maneras, para impedir la realización del proyecto de la Sierra
Maestra.
Continuo escándalo de hipocresía: desde aquel entonces, toman
examen de democracia a Cuba, los fabricantes de todas las
dictaduras militares que en Cuba han sido.
En Cuba, democracia y socialismo nacieron para ser dos nombres
de la misma cosa; pero los mandones del mundo sólo otorgan la
libertad de elegir entre el capitalismo y el capitalismo.
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El modelo de la Europa del Este, que tan fácilmente se ha
derrumbado allá, no es la revolución cubana. La revolución
cubana, que no llegó desde arriba ni se impuso desde afuera, ha
crecido desde la gente, y no contra ella ni a pesar de ella. Por
eso ha podido desarrollar una conciencia colectiva de patria: el
imprescindible auto-respeto que está en la base de la
auto-determinación.
7
El bloqueo de Haití, anunciado con bombos y platillos en nombre
de la democracia herida, fue un fugaz espectáculo. No duró nada.
Terminó mucho antes del regreso de Aristide. No podía durar: en
democracia o en dictadura, hay cincuenta empresas
norteamericanas que sacan jugo a esa mano de obra baratísima.
En cambio, el bloqueo contra Cuba se ha multiplicado con los
años. ¿Un asunto bilateral? Así dicen; pero nadie ignora que el
bloqueo norteamericano implica, hoy por hoy, el bloqueo
universal. A Cuba se le niega el pan y la sal y todo lo demás. Y
también implica, aunque lo ignoren muchos, la negación del
derecho a la autodeterminación.
El cerco asfixiante tendido en torno a Cuba es una forma de
intervención, la más feroz, la más eficaz, en sus asuntos
internos. Genera desesperación, estimula la represión,
desalienta la libertad. Bien lo saben los bloqueadores.
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Ya no hay Unión Soviética. Ya no se puede cambiar, a precios
justos, azúcar por petróleo.
Cuba queda condenada al desamparo. El bloqueo multiplica el
canibalismo de un mercado internacional que paga nada y cobra
todo. Acorralada, Cuba
apuesta al
turismo. Y se corre el peligro de que resulte peor el remedio
que la enfermedad.
Cotidiana contradicción: los turistas extranjeros disfrutan de
una isla dentro de la isla, donde para ellos hay lo que para los
cubanos falta. Se reabren viejas heridas de la memoria. Hay
bronca popular, bronca justa, en esta patria que había sido
colonia, y había sido putero, y había sido garito.
Penosa situación, sin duda; que por ser cubana, se mira con
lupa. Pero, ¿quién puede tirar la primera piedra? ¿No se
consideran normales, en toda América Latina, los privilegios del
turismo extranjero? Y, peor, ¿no se considera normal la
sistemática guerra contra los pobres, desde el mortal muro que
separa a los que tienen hambre de los que tienen miedo?
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¿En Cuba hay privilegios? ¿Privilegios del turismo y también, en
cierta medida, privilegios del poder? Sin duda. Pero el hecho es
que no existe sociedad más igualitaria en América. Se reparte la
pobreza: no hay leche, es verdad, pero la leche no falta a los
niños ni a los viejos. La comida es poca, y no hay jabones, y el
bloqueo no explica por arte de magia todas las escaseces; pero
en plena crisis sigue habiendo escuelas y hospitales para todos,
lo que no resulta fácil de imaginar en un continente donde
tantísima gente no tiene otro maestro que la calle, ni más
médico que la muerte.
La pobreza se reparte, digo, y se reparte: Cuba sigue siendo el
país más solidario del mundo. Recientemente, por poner un
ejemplo, Cuba fue el único país que abrió las puertas a los
haitianos fugitivos del hambre y de la dictadura militar, que en
cambio fueron expulsados de los Estados Unidos.
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Tiempo de derrumbamiento y perplejidad; tiempo de grandes dudas
y certezas chiquitas.
Pero quizá no sea tan chiquita esta certeza: cuando nacen desde
adentro, cuando crecen desde abajo, los grandes procesos de
cambio no terminan en su lado jodido.
Nicaragua, pongamos por caso, que viene de una década de
asombrosa grandeza, ¿podrá olvidar lo que aprendió en materia de
dignidad y justicia y democracia? ¿Termina el sandinismo en
algunos dirigentes que no han sabido estar a la altura de su
propia gesta, y se han quedado con autos y casas y otros bienes
públicos? Seguramente el sandinismo es bastante más que esos
sandinistas que habían sido capaces de perder la vida en la
guerra y en la paz no han sido capaces de perder las cosas.
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La revolución cubana vive una creciente tensión entre las
energías de cambio que ella contiene y sus petrificada
estructuras de poder.
Los jóvenes, y no sólo los jóvenes, exigen más democracia. No un
modelo impuesto desde afuera, prefabricado por quienes
desprestigian a la democracia usándola como coartada de la
injusticia social y la humillación nacional. La expresión real,
no formal, de la voluntad popular, quiere encontrar su propio
camino. A la cubana. Desde adentro, desde abajo.
Pero la liberación plena de esas energías de cambio no parece
posible mientras Cuba continúe sometida a estado de sitio. El
acoso exterior alimenta las peores tendencias del poder: las que
interpretan toda contradicción como un posible acto de
conspiración, y no como la simple prueba de que está viva la
vida.
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Se juzga a Cuba como si no estuviera padeciendo, desde hace más
de treinta años, una continua situación de emergencia. Astuto
enemigo, sin duda, que condena las consecuencias de sus propios
actos.
Yo estoy en contra de la pena de muerte. En cualquier lugar. En
Cuba, también. Pero, ¿se puede repudiar los fusilamientos en
Cuba sin repudiar, a la vez, el cerco que niega a Cuba la
libertad de elegir y la obliga a vivir en vilo?
Sí, se puede. Al fin y al cabo, a Cuba le dictan cursos de
derechos humanos quienes silban y miran para otro lado cuando la
pena de muerte se aplica en otros lugares de América. Y no se
aplica de vez en cuando, sino de manera sistemática:
achicharrando negros en las sillas eléctricas de los Estados
Unidos, masacrando indios en las sierras de Guatemala,
acribillando niños en las calles de Brasil.
Y por lamentables que hayan sido los fusilamientos en Cuba, al
fin y al cabo, ¿deja de ser admirable la porfiada valentía de
esta isla minúscula, condenada a la soledad, en un mundo donde
el servilismo es alta virtud o prueba de talento? ¿Un mundo
donde quien no se vende, se alquila?