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Respuesta a Pilar

Poldy Bird

Esta es la segunda vez que lloro por vos. La primera, hace cuatro años, fue a causa de unas palabras tuyas y de unas lágrimas tuyas. Habíamos conversado durante un mes, diariamente, en la playa, como simples vecinas de carpa. Vos mimabas a mi hija y me parecías nada más que una linda muchacha que se llamaba Pilar
Unos días antes de volverme a Buenos Aires, me preguntaste si yo era la autora de unos cuentos que habías leído y, ante mi respuesta afirmativa y mi asombro, balbuceaste entrecortadamente, de memoria, emocionada, un pasaje de uno de mis cuentos que te había impresionado.
Tus lindos ojos grises, extrañamente grises, se humedecieron. También los míos.
Volví a verte, todos los veranos, en la misma playa.
Durante el resto del año te recordaba cada vez que mi hija te nombraba: “Mamá, ¿Pilar está en la playa todavía?”.
Pilar, una chica en la playa, una muchachita ubicada en mis veintitantos días de licencia anual. Ni siquiera supe nunca tu apellido, tu edad exacta, si estabas enamorada. Tuve de vos, durante años, una imagen exterior y unos ojos mojados. Entretanto, como todo el mundo, corrí tras mis deberes, mastiqué despacio mi rabia y mis desilusiones, sentí el cansancio de las cosas repetidas, aborrecí el atraso de los trenes, el sonido del despertador, los problemas cotidianos.
También hice otras cosas igualmente rutinarias y sin importancia: pintarme los ojos, comprarme zapatos, alargar los ruedos de los vestidos de Verónica, cepillarle el pelo, contarle por milésima vez el cuento de Caperucita, alzar la cara para que la lluvia la humedeciera, acomodar las flores en los floreros, añorar el verano, tener la imperiosa necesidad de tenderme al sol, juntar boletos capicúas.
Hice cosas que seguramente también vos hacías y también a vos te daban rabia, te parecían aburridas.
Nunca supe qué querías, qué soñabas.
Yo, que me quejo de la indiferencia, que pataleo contra la incomunicación, te tuve tan cerca, materialmente, y sin embargo, supe tan poco de vos...
Ayer, cuando me dijeron “Murió Pilar, ¿sabés?”... Murió Pilar. Un accidente. Allá en Miramar. Pilar y sus lindos ojos grises.
Pilar y sus veinti... años. Pilar.
Lloré.
Te debía esas lágrimas.
Todavía no sé imaginarme los veranos sin vos. Mi hija va a seguir nombrándote y cuando volvamos allá se extrañará de tu ausencia. Dirá “No está Pilar, ¿por qué?”.
Y entonces sabrá que no se mueren solamente los viejos muy viejitos que ya gastaron toda su vida, sino también las chicas de ojos grises que aprenden de memoria párrafos de cuentos, giran en el trompo de los sueños, quieren cosas que no se quieren, cosas que sí se quieren, lloran por cosas que no conozco, lloran por cosas que conozco, sienten lo mismo que yo y a veces no.
Pilar.


Sí, he llorado. Y he llorado por vos. No por mí –como lloré muchas veces cuando me daban una noticia triste–, sino por vos.
Por vos, que ya nunca te agitarás de rabia, ni sonreirás, ni gastarás bailando los zapatos, ni te deslizarás por la arena con tu manera lenta.
He llorado por vos, que querías vivir y, sin embargo, estás muerta. Y este llanto y tu muerte me han dado la respuesta que he buscado tanto.
La respuesta a una pregunta que me he hecho mil veces en momentos de abatimiento, de desazón, de dolor: “Vivir, ¿para qué?”.
Para esto tan simple que es vivir.
Para esto tan simple que se te niega y, sin embargo, te pertenecía por derecho propio, por derecho de juventud, por derecho de sangre ardiente, de rebeldía, de fe, de amor.
Vivir para esto tan simple que se te niega, Pilar, inexplicablemente.
Para repetirme en los días, para devorarlos, lamer humildemente sus grietas, agradecer fervientemente cada latido que me separa de la muerte y zambullirme verdaderamente en cada ser que se me acerque.