Coincidencias

Hernán Calvo 

 

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Todo comienza con un viaje que realicé a un pueblito cuyo nombre es Hinojo (sí, lo que comemos en las ensaladas o comida para conejos) que queda en la ruta 226, a unos veinte kilómetros hacia el oeste de Azul, Pcia de Buenos Aires, estamos hablando de trescientos veinte a trecientos cuarenta kilómetros de Capital Federal.
El motivo del viaje era cobrar un cheque de dos mil quinientos pesos (para algunos casi nada, para mi, comida para un mes), éste me vino rebotado del banco Francés.
Estaba tratando de sacar nuevamente la cabeza de abajo del agua, cuando uno cree que se esta estabilizando, otro barquinazo.
Nuestro país es siempre igual y justo me cayó ese cheque (sin fondos) que me vino para atrás.
Lo fui siguiendo y lo tomé siendo la cuarta mano, me fueron dando por suerte todos los datos de la gente por la cual había circulado.
Hasta que llegué a Jorge Monteagudo, vendedor de artículos plásticos.
Me confirmo que lo recibió de un tal Leandro López al que le vendía artículos plásticos, que era de un pueblito cerca de Azul.
Me pasó el teléfono para que me explique los motivos que lo llevaron a no cubrir el dinero.
Me dirigí a un locutorio con el teléfono (0222…, larga distancia) de Leandro López y en mis manos temblando el cheque con su número, el monto y demás datos y los sellos del banco rechazándolo por falta de fondos.
Suena tres veces el aparato, me atienden y pregunté por el Sr. Leandro, al instante me pasan con él, me presenté le comenté la situación del cheque. Me pidió mil disculpas y me pasó a explicar que tuvo un accidente casi fatal, que estaba con vida por la ayuda de Dios y de los médicos.
Que se dirigía hacia su casa por la ruta de noche tarde, que venia como a cien kilómetros por hora, de repente salió en plena oscuridad un camión de una entrada a un campo y lo arrolló como venía, de frente.
Que destrozó todo su coche, que se incendió el vehículo y toda la mercadería y que él estaba vivo por esas cosas del destino.
Que estuvo en coma cuatro días y le practicaron varias operaciones, huesos rotos, que aún seguía enyesado.
Le contesté que comprendía su desgracia, pero cómo resolveríamos lo del cheque.
Me contestó que de inmediato me pagaría todo el importe, pero que no tenía forma de hacérmelo llegar y me pidió como servicio para liquidar la situación de inmediato, que por favor me haga un viajecito hasta su pueblo, que traiga el cheque que me lo pagaría y también mis gastos de viaje.

Quedamos que por la mañana del miércoles tomaría el micro y me acercaría hasta su domicilio.
Llegué a Hinojo a las tres de la tarde, me pareció inoportuno visitarlo a esa hora, preferí hacer dos horas de tiempo.
La tarde normal, ni frío ni calor, traía un bolsito de mano y nada más, en éste tenía una toallita, un jaboncito, el celular y un libro que venía leyendo en el viaje y por su puesto el cheque dentro del libro.
Decidí caminar un poco para despejarme. Cuando aún no había hecho una cuadra me encontré con dos compañeros del cole.

 

No lo podía creer, les pregunté que hacían por allí y me contestaron que ya hacía años se habían mudado por cuestiones de trabajo.
Me preguntaron por Temperley, que hacía muchos años que no andaban de visita por el barrio, les contesté: Igual que siempre, parece una ciudad detenida en el tiempo.
Recordamos cosas de la escuela secundaria, nos reímos de algunas anécdotas y luego me despidieron porque llegaban tarde al trabajo.

Los dejé y seguí caminando, no había hecho media cuadra cuando una señora me preguntó: Ricardo, sos vos?.
La miré y recordé mi adolescencia, le expresé que no lo podía creer. ¡Irma la hermana de Juancito!.
Sí, me contestó, qué alegría verte!.
Estás igual, no cambiaste para nada, me dió un beso. Pensar que si hubieran dado un poco más los tiempos, tal vez hubiera sido tu noviecita, en aquella época me gustabas pero eras muy pichón.
Al fin me casé con Guillermo, el hijo del mecánico de Triunvirato y Garay y vinimos a este pueblito y mi marido puso un taller mecánico.
 


Nos afincamos acá hace quince años donde estamos muy cómodos, tenemos tres hijos, le contesté igual que yo.
Me consultó como andaba todo por allá, le contesté: Como cuando se fueron todo igual, no va a cambiar nunca.
Nos despedimos, seguí caminando y parecía algo planeado, proyectado o deliberado pero me encontré con varios conocidos y amigos que por diferentes motivos estaban viviendo o momentáneamente estaban en el pueblo por algún motivo.
Para mal de males me encontré con varios acreedores, éstos eran proveedores a los que les había emitido cheques en el año dos mil y dos mil uno, todos sin fondos, eran una montaña de acreedores y otra montañota la que yo me comí de mis deudores.
De aquello nunca cobré nada y por lo tanto tampoco pagué un peso por imposibilidad económica.
A todos les manifestaba lo mismo, que ante semejante inflación, se produjo una reacción en cadena por la cual nadie cumplía con nadie.
Algunos me difamaron o me cuestionaron pero como habían pasado tantos años, el tono de la discusión era apaciguada.
En parte reconocieron que yo también había caído en la redada.
Que nos fundimos todos, que yo me comí muchos clavos también.
Les prometí que ni bien termine de rearmarme hablaríamos y me pondría al día con el dinero adeudado.
Ya se habían hecho como las cinco y media, me pareció un horario apropiado para visitar a López y rogué no tener problemas para cobrar mi dinero.
Llegué a su domicilio, toqué timbre, me anuncié ante una señorita, ésta me hizo pasar y en el living se encontraba Leandro todo enyesado.
Le dí como pude la mano, me contó nuevamente lo de su accidente.
Yo asentía con la cabeza y al final me requirió el cheque e hizo traer el dinero, me lo entregó y me consultó cuánto era el costo del micro.
Tomando en cuenta su estado me pareció oportuno no cobrárselo.
Le agradecí mucho el pago diciéndole que el transporte corría por mi cuenta.
Nuevamente le di la mano, le deseé un pronto restablecimiento y lo despedí.
Salí de su casa contento porque había recibido el pago tal lo convenido.
Ya no faltaba tanto para el horario del viaje de regreso.
Hermosa la plaza del pueblo, llena de árboles y juegos para los chicos, enfrente de un lado la iglesia y en la calle opuesta la municipalidad, dos construcciones viejas, pero con muy buenos edificios con dos destacados relojes.
Me pareció que quedaba muy poco tiempo, pero miré el reloj de la iglesia y aún me quedaban como quince minutos.
Me detuve a mirar a unos chicos hamacándose y a otros jugando al futbol.
Entretenido, me pasó el tiempo volando y a paso rápido me dirigí a la terminal, cuando llegué pregunté cuánto faltaba para el micro hacia Capital.
Me notificaron: Ya salió hace diez minutos!
Era más tarde de lo que suponía.
Un bajón tremendo cuando me dijeron que tanto el reloj de la iglesia como el de municipalidad estaban veinte minutos atrasados porque nunca nadie se decidió a repararlos. Aparte en el pueblo no era tan importante el tiempo.
Cosas de población chica!.
Pregunté cuando salía el próximo ómnibus y me confirmaron que salía recién en cinco horas.
Averigüé por otro medio de transporte, me confirmaron que ninguno. Intenté tomarlo con calma y resolví quedarme en el bar de la terminal.
Pedí unas tartas o facturas y un café con leche.
Me contestó el cantinero que lo único que podía ofrecerme era café de filtro y nada más.
Me quejé y le pedí aunque sea un pan, me contestó que no tenía nada de nada aparte del café.
Bueno, le dije, tráigame uno.
Mientras lo tomé pensé en lo que había sido mi día en Hinojo.
Que cantidad de conocidos y amigos!.
Varios acreedores que casualidad, por qué tantas coincidencias!.
Por suerte había cobrado el cheque, ahora la perdida del autobús, qué mala suerte acá en la nada.
Estuve sentado en una mesa cerca de una hora, seguía pensando el por qué de tantas coincidencias y de aburrido le pedí otro café, mientras se hacía la noche.
Para pasar el tiempo busqué en el bolsito el libro, no estaba e inmediatamente me acordé que lo saqué en la casa de López donde tenía el cheque y al ocuparnos del dinero quedó en la mesa del comedor.
Más ofuscación, quedaba como a quince cuadras para ir a reclamarlo y ya era casi de noche, lo dí por perdido.
Salí buscando alguna fonda para cenar.
Pregunté y busqué y nada!.
Era un pueblo muerto, todo cerrado y lo único iluminado y poco, era la plaza, lo demás todo oscuro, hasta daba un poco de miedo por los perros en las calles ladrando y ni un alma.
Volví al bar de la terminal.
Le pedí, al cara de pocos amigos, otro café, lo tomé y al rato me dio ganas de ir de cuerpo, pensé para mis adentros qué desastre debe ser el baño.
Fue toda una sorpresa, parecía un baño cinco estrellas, de un boliche a todo lujo, súper iluminado.
Ingresé y detrás del inodoro, doblado por la mitad, entre éste y la pared encontré un anuario (revista grande sobre temas culturales, científicos, deportes, literarios, propagandas, de todo) sin la tapa y la primera y segunda página media rota.
Me alegre: Por fin una!.
Ahora tendría motivo para distraerme durante todas las horas que tenía que esperar hasta el micro.
Comencé a hojearlo y me divertí viendo propagandas viejas de Coca Cola, Colgate, Pinturas Pajarito, cigarrillos Camel, vino Crespi, Bidu Cola.
Expresé: ¡Cómo pasó el tiempo y como cambiaron las cosas!.
Seguí leyendo sobre temas históricos, adelantos científicos que ya hacía tiempo habían sido superados, formaciones de equipos de futbol que ni conocí y de repente llegué a una sección, tipo historias de vida, decía así: M. Ricardo!.
Pensé: La inicial de mi apellido y mi nombre.
Quién habrá sido éste tipo?.
Me llamó la atención!.
Me pongo a leer y mientras voy avanzando en la lectura, sin lugar a dudas o se trataba de mi vida o era una gran coincidencia, día y mes de nacimiento, sin año.
El mismo nombre de mi padre y el de mi madre.
Igual no podía ser con propagandas y artículos tan antiguos, sería una casualidad!.
Nombraba el nombre de a mis dos hermanos, parientes, mi colegio y para rematarla, las inyectoras de plástico (mi trabajo de toda la vida).
Incluso hacia mención a situaciones o hechos muy íntimos que nunca conté a nadie en toda mi vida.
Me dije: Carajo!.
- Que pasa!
No será que en vez de estar leyendo, estoy haciendo un recuerda memorias de mi vida, que estoy desvariando por ese café lleno de borra…
No, no!.
Esto es papel y esta escrito cada cosa que voy leyendo, es real.
Me introduje nuevamente en la lectura y llegué a la parte que relatan con lujo de detalles el accidente por choque y muerte de mis padres.
Lo malo es que quedaba solamente una hoja para terminar la historia.
Recapacité: Qué diablos esta pasando, tengo cuarenta y siete años, no fumo, no tomo, me cuido en las comidas, pareciera que no es suficiente!.
Cerré el anuario y entré en pánico, quedé loco con un miedo tremendo, claro, si leo esa última hoja seguro leeré mi muerte.
Comencé a arrancar todas las hojas por la locura en la que, de repente, me encontraba.
En un chispazo de racionalidad especulé: Van a quedar todas las hojas desparramadas por todo el pueblo y esta lleno de gente que me conoce, van a leer y reírse de mi vida.
No, no, ni loco!.
Me propuse quemar todo esto!.
Pero no tenía fósforos, al dueño del boliche no le pediría nada.
Decidí esconder en el baño las hojas que corté y lo que quedaba del anuario y salí a la calle para conseguir fósforos para quemar todo.
Hice una cuadra y me encontré con un mendigo con dos perritos, tirado contra una pared y como abrigo, frazadas viejas.
Lo saludé y le pedí unos fósforos, me miró y me pasó tres de los de madera (tipo patito), le pedí un pedazo de la caja para poder rasparlos.
No me quería dar nada de nada, saqué veinte pesos y se los di, recién ahí rompió unos tres centímetros de caja y me los entregó en la mano, deseándome suerte.
Entre al bar nuevamente, pedí otro café, lo tome de un sorbo y poniendo aspecto de descompuesto, nuevamente al baño, estaba sacado.
Me hice del libraco nuevamente y con desesperación quemé hoja por hoja, cuando terminé limpie los pequeños restos que quedaron de papel quemado y el piso.
Después de toda esta operación, me sentí un poco mas tranquilo, fui al lavatorio y lavé bien el pañuelo, lo escurrí y salí nuevamente al salón.
Me senté en una mesa y el dueño me preguntó si me sentía bien que le llamaba la atención que fuera tantas veces al baño.
Le contesté que estaba con retorcijones de estómago, que ya me sentía mejor.
Me invitó otro café, se lo agradecí pero me negué, porque había tomado muchos durante la noche. Me avisó este atento, que en cuarenta minutos viene su micro, le declaré que estaba muy pendiente.
Me intenté tranquilizar por el día que había tenido, toda la gente conocida, amigos y acreedores y por ese bendito anuario con la historia de mi vida y la hoja que faltaba para concluir la historia, o mi vida.
Qué coincidencia, cosa de mandinga!.
Me pregunté por qué no tuve valentía para terminar de leerlo todo!.
Luego me devané la cabeza pero ya lo había quemado todo.
De repente, me objete: Claro idiota, hoy es tu último día de vida y termina en este pueblito, seguro cuando salga el colectivo a la ruta descontado vuelca o choca y morimos todos!.
No, no!.
Como buscando conversación lo indagué al dueño.
¿ Cuánto falta ?.
Miró su reloj y me dijo: Quince minutos.
Ahí me dió pie para que le consulte cuál era la estación de tren más cercana y a cuántos kilómetros quedaba de Hinojo.
Me contestó: Tiene que seguir hacia el este por la Ruta 226, pasa a unos ocho Kilómetros por Nieves, otro pueblito, cerca de ahí se une con una rotonda y tiene que seguir por Ruta 3 hasta Azul y allí tiene su primer estación de trenes, son como veinte kilometros.
Le agradecí.
Se me ocurrió una idea inmediata: No voy a dejar mi vida en este pueblito de mala muerte.
Le comente que iba afuera a tomar un poco de aire.
A los dos minutos estaba caminando por la ruta, en plena noche, hacia Azul, para cambiar mi destino.
Sí!.
Pasaron tres horas y pico y ya en la estación saqué boleto hacia Capital Federal, con la fortuna que el tren salía en diez minutos.
Lo tomé y salió aún siendo de noche, la formación era de únicamente dos vagones, caminé los dos vagones.
Éramos tres pasajeros, me senté y sonriendo para mi mismo me dije: “Le gané la partida a mi destino”!.
Al minuto quedé dormido como un tronco.

En la primera plana de todos los periódicos de la mañana, resaltaban con fotos y comentarios un feroz choque de frente, entre un tren que había salido de Azul hacia capital y una locomotora que en plena noche por error en las señales entraba a gran velocidad por la misma vía hacia Azul, con el saldo de los tres pasajeros que viajaban, muertos entre los hierros retorcidos…