Los dejé y seguí caminando, no había hecho media cuadra cuando
una señora me preguntó: Ricardo, sos vos?.
La miré y recordé mi adolescencia, le expresé que no lo podía
creer. ¡Irma la hermana de Juancito!.
Sí, me contestó, qué alegría verte!.
Estás igual, no cambiaste para nada, me dió un beso. Pensar que
si hubieran dado un poco más los tiempos, tal vez hubiera sido
tu noviecita, en aquella época me gustabas pero eras muy pichón.
Al fin me casé con Guillermo, el hijo del mecánico de
Triunvirato y Garay y vinimos a este pueblito y mi marido puso
un taller mecánico.
Nos afincamos acá hace quince años donde estamos muy cómodos,
tenemos tres hijos, le contesté igual que yo.
Me consultó como andaba todo por allá, le contesté: Como cuando
se fueron todo igual, no va a cambiar nunca.
Nos despedimos, seguí caminando y parecía algo planeado,
proyectado o deliberado pero me encontré con varios conocidos y
amigos que por diferentes motivos estaban viviendo o
momentáneamente estaban en el pueblo por algún motivo.
Para mal de males me encontré con varios acreedores, éstos eran
proveedores a los que les había emitido cheques en el año dos
mil y dos mil uno, todos sin fondos, eran una montaña de
acreedores y otra montañota la que yo me comí de mis deudores.
De aquello nunca cobré nada y por lo tanto tampoco pagué un peso
por imposibilidad económica.
A todos les manifestaba lo mismo, que ante semejante inflación,
se produjo una reacción en cadena por la cual nadie cumplía con
nadie.
Algunos me difamaron o me cuestionaron pero como habían pasado
tantos años, el tono de la discusión era apaciguada.
En parte reconocieron que yo también había caído en la redada.
Que nos fundimos todos, que yo me comí muchos clavos también.
Les prometí que ni bien termine de rearmarme hablaríamos y me
pondría al día con el dinero adeudado.
Ya se habían hecho como las cinco y media, me pareció un horario
apropiado para visitar a López y rogué no tener problemas para
cobrar mi dinero.
Llegué a su domicilio, toqué timbre, me anuncié ante una
señorita, ésta me hizo pasar y en el living se encontraba
Leandro todo enyesado.
Le dí como pude la mano, me contó nuevamente lo de su accidente.
Yo asentía con la cabeza y al final me requirió el cheque e hizo
traer el dinero, me lo entregó y me consultó cuánto era el costo
del micro.
Tomando en cuenta su estado me pareció oportuno no cobrárselo.
Le agradecí mucho el pago diciéndole que el transporte corría
por mi cuenta.
Nuevamente le di la mano, le deseé un pronto restablecimiento y
lo despedí.
Salí de su casa contento porque había recibido el pago tal lo
convenido.
Ya no faltaba tanto para el horario del viaje de regreso.
Hermosa la plaza del pueblo, llena de árboles y juegos para los
chicos, enfrente de un lado la iglesia y en la calle opuesta la
municipalidad, dos construcciones viejas, pero con muy buenos
edificios con dos destacados relojes.
Me pareció que quedaba muy poco tiempo, pero miré el reloj de la
iglesia y aún me quedaban como quince minutos.
Me detuve a mirar a unos chicos hamacándose y a otros jugando al
futbol.
Entretenido, me pasó el tiempo volando y a paso rápido me dirigí
a la terminal, cuando llegué pregunté cuánto faltaba para el
micro hacia Capital.
Me notificaron: Ya salió hace diez minutos!
Era más tarde de lo que suponía.
Un bajón tremendo cuando me dijeron que tanto el reloj de la
iglesia como el de municipalidad estaban veinte minutos
atrasados porque nunca nadie se decidió a repararlos. Aparte en
el pueblo no era tan importante el tiempo.
Cosas de población chica!.
Pregunté cuando salía el próximo ómnibus y me confirmaron que
salía recién en cinco horas.
Averigüé por otro medio de transporte, me confirmaron que
ninguno. Intenté tomarlo con calma y resolví quedarme en el bar
de la terminal.
Pedí unas tartas o facturas y un café con leche.
Me contestó el cantinero que lo único que podía ofrecerme era
café de filtro y nada más.
Me quejé y le pedí aunque sea un pan, me contestó que no tenía
nada de nada aparte del café.
Bueno, le dije, tráigame uno.
Mientras lo tomé pensé en lo que había sido mi día en Hinojo.
Que cantidad de conocidos y amigos!.
Varios acreedores que casualidad, por qué tantas coincidencias!.
Por suerte había cobrado el cheque, ahora la perdida del
autobús, qué mala suerte acá en la nada.
Estuve sentado en una mesa cerca de una hora, seguía pensando el
por qué de tantas coincidencias y de aburrido le pedí otro café,
mientras se hacía la noche.
Para pasar el tiempo busqué en el bolsito el libro, no estaba e
inmediatamente me acordé que lo saqué en la casa de López donde
tenía el cheque y al ocuparnos del dinero quedó en la mesa del
comedor.
Más ofuscación, quedaba como a quince cuadras para ir a
reclamarlo y ya era casi de noche, lo dí por perdido.
Salí buscando alguna fonda para cenar.
Pregunté y busqué y nada!.
Era un pueblo muerto, todo cerrado y lo único iluminado y poco,
era la plaza, lo demás todo oscuro, hasta daba un poco de miedo
por los perros en las calles ladrando y ni un alma.
Volví al bar de la terminal.
Le pedí, al cara de pocos amigos, otro café, lo tomé y al rato
me dio ganas de ir de cuerpo, pensé para mis adentros qué
desastre debe ser el baño.
Fue toda una sorpresa, parecía un baño cinco estrellas, de un
boliche a todo lujo, súper iluminado.
Ingresé y detrás del inodoro, doblado por la mitad, entre éste y
la pared encontré un anuario (revista grande sobre temas
culturales, científicos, deportes, literarios, propagandas, de
todo) sin la tapa y la primera y segunda página media rota.
Me alegre: Por fin una!.
Ahora tendría motivo para distraerme durante todas las horas que
tenía que esperar hasta el micro.
Comencé a hojearlo y me divertí viendo propagandas viejas de
Coca Cola, Colgate, Pinturas Pajarito, cigarrillos Camel, vino
Crespi, Bidu Cola.
Expresé: ¡Cómo pasó el tiempo y como cambiaron las cosas!.
Seguí leyendo sobre temas históricos, adelantos científicos que
ya hacía tiempo habían sido superados, formaciones de equipos de
futbol que ni conocí y de repente llegué a una sección, tipo
historias de vida, decía así: M. Ricardo!.
Pensé: La inicial de mi apellido y mi nombre.
Quién habrá sido éste tipo?.
Me llamó la atención!.
Me pongo a leer y mientras voy avanzando en la lectura, sin
lugar a dudas o se trataba de mi vida o era una gran
coincidencia, día y mes de nacimiento, sin año.
El mismo nombre de mi padre y el de mi madre.
Igual no podía ser con propagandas y artículos tan antiguos,
sería una casualidad!.
Nombraba el nombre de a mis dos hermanos, parientes, mi colegio
y para rematarla, las inyectoras de plástico (mi trabajo de toda
la vida).
Incluso hacia mención a situaciones o hechos muy íntimos que
nunca conté a nadie en toda mi vida.
Me dije: Carajo!.
- Que pasa!
No será que en vez de estar leyendo, estoy haciendo un recuerda
memorias de mi vida, que estoy desvariando por ese café lleno de
borra…
No, no!.
Esto es papel y esta escrito cada cosa que voy leyendo, es real.
Me introduje nuevamente en la lectura y llegué a la parte que
relatan con lujo de detalles el accidente por choque y muerte de
mis padres.
Lo malo es que quedaba solamente una hoja para terminar la
historia.
Recapacité: Qué diablos esta pasando, tengo cuarenta y siete
años, no fumo, no tomo, me cuido en las comidas, pareciera que
no es suficiente!.
Cerré el anuario y entré en pánico, quedé loco con un miedo
tremendo, claro, si leo esa última hoja seguro leeré mi muerte.
Comencé a arrancar todas las hojas por la locura en la que, de
repente, me encontraba.
En un chispazo de racionalidad especulé: Van a quedar todas las
hojas desparramadas por todo el pueblo y esta lleno de gente que
me conoce, van a leer y reírse de mi vida.
No, no, ni loco!.
Me propuse quemar todo esto!.
Pero no tenía fósforos, al dueño del boliche no le pediría nada.
Decidí esconder en el baño las hojas que corté y lo que quedaba
del anuario y salí a la calle para conseguir fósforos para
quemar todo.
Hice una cuadra y me encontré con un mendigo con dos perritos,
tirado contra una pared y como abrigo, frazadas viejas.
Lo saludé y le pedí unos fósforos, me miró y me pasó tres de los
de madera (tipo patito), le pedí un pedazo de la caja para poder
rasparlos.
No me quería dar nada de nada, saqué veinte pesos y se los di,
recién ahí rompió unos tres centímetros de caja y me los entregó
en la mano, deseándome suerte.
Entre al bar nuevamente, pedí otro café, lo tome de un sorbo y
poniendo aspecto de descompuesto, nuevamente al baño, estaba
sacado.
Me hice del libraco nuevamente y con desesperación quemé hoja
por hoja, cuando terminé limpie los pequeños restos que quedaron
de papel quemado y el piso.
Después de toda esta operación, me sentí un poco mas tranquilo,
fui al lavatorio y lavé bien el pañuelo, lo escurrí y salí
nuevamente al salón.
Me senté en una mesa y el dueño me preguntó si me sentía bien
que le llamaba la atención que fuera tantas veces al baño.
Le contesté que estaba con retorcijones de estómago, que ya me
sentía mejor.
Me invitó otro café, se lo agradecí pero me negué, porque había
tomado muchos durante la noche. Me avisó este atento, que en
cuarenta minutos viene su micro, le declaré que estaba muy
pendiente.
Me intenté tranquilizar por el día que había tenido, toda la
gente conocida, amigos y acreedores y por ese bendito anuario
con la historia de mi vida y la hoja que faltaba para concluir
la historia, o mi vida.
Qué coincidencia, cosa de mandinga!.
Me pregunté por qué no tuve valentía para terminar de leerlo
todo!.
Luego me devané la cabeza pero ya lo había quemado todo.
De repente, me objete: Claro idiota, hoy es tu último día de
vida y termina en este pueblito, seguro cuando salga el
colectivo a la ruta descontado vuelca o choca y morimos todos!.
No, no!.
Como buscando conversación lo indagué al dueño.
¿ Cuánto falta ?.
Miró su reloj y me dijo: Quince minutos.
Ahí me dió pie para que le consulte cuál era la estación de tren
más cercana y a cuántos kilómetros quedaba de Hinojo.
Me contestó: Tiene que seguir hacia el este por la Ruta 226,
pasa a unos ocho Kilómetros por Nieves, otro pueblito, cerca de
ahí se une con una rotonda y tiene que seguir por Ruta 3 hasta
Azul y allí tiene su primer estación de trenes, son como veinte
kilometros.
Le agradecí.
Se me ocurrió una idea inmediata: No voy a dejar mi vida en este
pueblito de mala muerte.
Le comente que iba afuera a tomar un poco de aire.
A los dos minutos estaba caminando por la ruta, en plena noche,
hacia Azul, para cambiar mi destino.
Sí!.
Pasaron tres horas y pico y ya en la estación saqué boleto hacia
Capital Federal, con la fortuna que el tren salía en diez
minutos.
Lo tomé y salió aún siendo de noche, la formación era de
únicamente dos vagones, caminé los dos vagones.
Éramos tres pasajeros, me senté y sonriendo para mi mismo me
dije: “Le gané la partida a mi destino”!.
Al minuto quedé dormido como un tronco.
En la primera plana de todos los periódicos de la mañana,
resaltaban con fotos y comentarios un feroz choque de frente,
entre un tren que había salido de Azul hacia capital y una
locomotora que en plena noche por error en las señales entraba a
gran velocidad por la misma vía hacia Azul, con el saldo de los
tres pasajeros que viajaban, muertos entre los hierros
retorcidos…
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