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De altavoces, vanlon y pan

© Juan José Mestre
 

A la vuelta de la esquina, en aquellos años sesenta, se podía oír el altavoz de la publicidad San Martín, ubicado justo enfrente de la Farmacia del Indio, con la cabeza de Geniol en la puerta. Allí íbamos, de tarde en tarde, a enterarnos de las noticias del pueblo mi abuelo y yo.


Quedábamos ahí parados como en un hechizo de voces alegres y llenas del misterio que salían diáfanas y se esparcían con fluidez por las calles del pueblo. En un solo momento se volvían quedas, en sordina, perdían todo brillo: era el espacio del obituario; el recogimiento por quienes habían partido ese día así lo señalaba. Todos –o casi todos- eran conocidos o parientes de parientes.


Otro hecho que recuerdo en este deambular por los caminos de la memoria es que se escuchaba la voz del locutor que decía, con orgullo, que la red de altavoces cubría los Barrios San Martín y Belgrano y a mí eso me parecía inmenso, más o menos como si fuera Alaska o Escandinavia.

 

 


Es claro que mucho no entendía de aquel mágico borbotón de palabras, música y algunos gritos que surgían de ese incomprensible cono de metal para mezclarse con el aire tranquilo de la tarde. Igual me encantaba todo aquello: era como caer en meditación profunda con la cabeza congestionada del pobre tipo haciendo la estática de Geniol a un costado de la puerta de la farmacia.


Y la música, esa música que tenía su punto álgido en el micro de la Casa De Fillipi que cada día presentaba un lento que –ahora me doy cuenta- era de antología. Así, entre ruidos apacibles de calles que, poco a poco, se adormecían por el Oeste, música, esa charla todavía pueblerina, las chicas que lucían sus conjuntos de vanlon color patito al regreso de su paseo por el centro, se iba apagando la tarde.


A estas alturas, sólo quedaba llegarse hasta la panadería La Victoria.
Es que la abuela Paula, en su coquetería, era una enciclopedia en cosméticos e indumentaria femenina, pero de pan, lo que se dice pan, sabía poco y nada. A la vuelta, el parlante había enmudecido. Sólo quedaba esperar a la mañana siguiente para escucharlo, sereno y despacito, desde el patio de la casa.



© Juan José Mestre