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El príncipe

 Thomas Bernhard

CIERTA princesa Radziwill, con la que pasé varias tardes a orillas del Vístula, junto a Varsovia, me habló de un tío suyo que, al cumplir los cincuenta años, se retiró a su castillo, junto a Radom, porque al cumplir los veintiuno juró hacerlo. Los amigos que habían creído que, después de treinta años, no se acordaría ya de ese juramento o, sencillamente, lo pasaría por alto, se quedaron muy asombrados de que, al día siguiente de cumplir los cincuenta años, pasara la noche en Radom y jurara no abandonar ya Radom. Como, aparentemente, el tiempo hacia su muerte se le hacía en Radom demasiado largo, se dio un tiro el día en que cumplió cincuenta y un años. Cuando le pregunté a la princesa por qué había actuado su tío de la forma que ella me había contado, me dijo que su tío le había dicho una vez que, en su opinión, tener que vivir cincuenta años en este mundo, sin haber sido en fin de cuentas consultado al respecto, era más que suficiente para un ser pensante. Quien seguía vegetando después, era débil de espíritu o de carácter.