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El Hombre que plantaba árboles
P ara
que el carácter de un ser humano excepcional muestre sus
verdaderas cualidades, es necesario contar con la buena fortuna
de poder observar sus acciones a lo largo de los años. Si sus
acciones están desprovistas de todo egoísmo, si la idea que las
dirige es una de generosidad sin ejemplo, si sus acciones son
aquellas que ciertamente no buscan en absoluto ninguna
recompensa más que aquella de dejar sus marcas visibles; sin
riesgo de cometer ningún error, estamos entonces frente a un
personaje inolvidable.
Hace aproximadamente cuarenta años, yo hacía una larga travesía
a pie, en las regiones altas, absolutamente desconocidas para
los turistas, en la vieja región de los Alpes que penetra hasta
La Provenza.
Esta región está delimitada al sureste por el curso medio del
Durance, entre Sisteron y Marabeau; al norte por el curso
superior del Drome, después de su nacimiento, justo al oeste,
por las planicies de Comtant Venaissin y al pie de monte de
Mont-Ventoux. Comprende toda la parte norte del Departamento de
Bases - Alpes, el sur del Drome y un pequeño enclave de Vaucluse.
En el momento en el que emprendí este largo viaje, entre los
1200 y 1300 metros de altitud, el paisaje estaba dominado por
desiertos, eran tierras tomadas por la monotonía. Lo único que
podía crecer ahí eran lavandas silvestres.
Yo pasaba por esta región en su parte más ancha cuando después
de tres días de camino me encontré en medio de una desolación
sin igual. Acampaba al lado del esqueleto de un pueblo
abandonado. Ya no tenía agua. La que me quedaba del día anterior
la había utilizado durante la vigilia y necesitaba encontrar
más. No pude encontrarla. Las casas, de lo que alguna vez había
sido un poblado, estaban aglomeradas al rededor de unas ruinas
apiladas, lo que me hizo pensar que en algún tiempo ahí debió
haber habido una fuente o un pozo. El arreglo de las cinco o
seis casitas de piedra con techos volados y lavados por el
viento, y la pequeña capilla daban la apariencia de un pueblo
habitado. Sin embargo, cualquier resquicio de vida había
desaparecido.
Era un hermoso día de junio, pleno de sol, pero en estas tierras
sin abrigo, y a estas alturas del cielo, el viento soplaba con
una brutalidad insoportable. La fuerza con la que el viento
golpeaba las carcasas de las casas era tan violenta como el de
una bestia salvaje que es interrumpida durante sus alimentos.
Era necesario mover mi campamento. A cinco horas de marcha, no
había encontrado agua, ni ningún otro indicio que pudiera darme
la esperanza de encontrarla. Por todas partes era la misma
aridez, las mismas hierbas leñosas. Me pareció percibir a lo
lejos una pequeña silueta negra, de pie. De primera instancia
pensé que se trataba de la sombra de un tronco solitario. Por
casualidad, me dirigí hacia ella. Era un pastor. Una treintena
de corderos yacían sobre la tierra ardiente reposando cerca de
él.
Me dió de beber agua de su botella, y un poco más tarde él me
condujo hasta su casita en una ondulación de la meseta. El
obtenía su agua -excelente, por cierto- de un pozo natural muy
profundo, en el que él mismo había instalado un malacate muy
rudimentario.
Este hombre hablaba poco. Esta es una práctica común entre
aquellos que viven solos. Sin embargo, se le percibía como un
hombre seguro de sí mismo, confiado en sus convicciones. Me
parecía insólita su presencia en estos lugares tan desprovistos
de todo. No vivía en una cabañita, sino en una verdadera casa de
piedra donde saltaba a la vista claramente que él mismo había
restaurado las ruinas con las que se encontró a su arribo. El
techo era sólido y estaba bien fijo. El viento que golpeaba las
tejas del techo producía un ruido similar al del mar cuando
golpea en las playas.
Sus muebles y pertenencias estaban en orden, su bajilla estaba
lavada, el piso estaba pulcramente trapeado, su rifle estaba
engrasado; su sopa hervía en el fuego. Fué entonces cuando me dí
cuenta de que también estaba recién afeitado, que todos sus
botones estaban sólidamente cosidos y que su ropa estaba
cuidadosamente remendada, a tal punto, que los parches eran casi
invisibles.
El compartió su sopa conmigo y después de cenar yo le ofrecí
tabaco de mi saquito. Él me comentó que ya no fumaba. Su perro
era tan silencioso como él, era amigable sin llegar a ser ruin.
Rápidamente entendí que pasaría la noche ahí, el poblado más
cercano se encontraba todavía a más de un día y medio de marcha.
Más aún, ya había tenido la oportunidad de conocer el raro
carácter de los habitantes de esta región. Que por cierto, no
era en absoluto recomendable. En las laderas de estas montañas,
entre los matorrales de encinos blancos que están en los
extremos de los caminos aptos para vehículos, hay cuatro o cinco
poblados dispersos, lejos los unos de los otros. Estos poblados
están habitados por talamontes que hacen carbón con la madera.
Son lugares donde se vive mal; en las garras de la exasperación.
Las familias viven unas en contra de las otras, en un clima
hostil, de rudeza excesiva, ya sea en el verano o en el
invierno, viven amagando su egoísmo aún más por la irracional
desmesura en su deseo de escapar de este ambiente.
Los hombres llevaban su carbón al pueblo en sus camiones y,
después regresaban. Las más sólidas cualidades se rompen bajo
este perpetuo baño escocés. Las mujeres cocinaban a fuego lento
sus rencores. Había competencia en todo, desde la venta del
carbón hasta las bancas de la iglesia; las virtudes se combaten
entre ellas, los vicios y las virtudes se arrebatan unas a otras
haciendo un revoltijo sin reposo. Hay epidemias de suicidios y
numerosos casos de locura casi siempre fatales.
El pastor, que no fumaba, saco un pequeño saco y vació su
contenido sobre la mesa, formando una pila de bellotas. Se puso
a examinarlas una por una, poniendo muchísima atención,
separando las buenas de las malas. Yo fumaba mi pipa y le
propuse ayudarle. Él me respondió que esto era asunto suyo. En
efecto, viendo la devoción y cuidado que ponía a su trabajo,
decidí no insistir más. Esa fué toda nuestra conversación
durante la noche. Cuando hubo terminado de separar todas las
bellotas que estaban en buen estado, entonces las contó y las
puso en montoncitos de diez. De esta manera iba haciendo una
selección más, eliminando aquellas bellotas que eran muy
pequeñas o aquellas que tenían ligeras grietas. Al terminar, una
ves más las examinaba gravemente. Cuando tuvo enfrente de él
cien bellotas perfectas detuvo su tarea, y entonces nos
retiramos a dormir.
La compañía de éste hombre me daba paz. Al día siguiente, le
pedí permiso para quedarme todo el día con él. Él lo encontró
perfectamente natural, o con mayor exactitud, él me daba la
impresión de que nada podría distraerlo. Este descanso no me era
absolutamente necesario, pero yo estaba intrigado, quería saber
más acerca de este hombre. Antes de salir, sumergió en una
cubeta con agua el pequeño saco donde había puesto las bellotas
que habían sido seleccionadas y contadas previamente con tanto
cuidado.
Me dí cuenta de que su cayado tenía un triángulo de fierro tan
grueso como un dedo pulgar y de alrededor de un metro cincuenta
de largo. Yo me fuí siguiendo una ruta paralela a la suya. La
pastura de sus corderos yacía en el fondo de un pequeño valle.
Él dejó el pequeño rebaño al cuidado del perro y subió hacia la
derecha donde yo me encontraba parado. Me temía que hubiera
venido a reprocharme por mi indiscreción, pero este no fué el
caso de ninguna manera. Era su propio camino, y me invitó a
acompañarlo si no tenía nada mejor que hacer. Continuamos unos
doscientos metros más hacia arriba.
Cuando llegamos al lugar que el quería, comenzó a enterrar su
triángulo de fierro en la tierra. Este hacía un pequeño agujero
en él que el ponía una de las bellotas, que posteriormente
cubriría de tierra nuevamente. Él estaba plantando árboles de
encino. Entonces le pregunte si la tierra le pertenecía. Él me
respondió que no. - ¿Sabe de quién es? Él no lo sabía. Suponía
que se trataba de una tierra comunal, o quizás podría ser que se
tratara de tierras a cuyos propietarios no les interesara. De
esta manera, él plantó cien bellotas con mucho cuidado.
Después de los alimentos del medio día, él comenzó una vez más a
seleccionar semillas. Creo que puse demasiada insistencia en mis
preguntas, porque él las respondió una a una. A tres años de
haber comenzado, él continuaba plantando árboles en esta
soledad. Él había plantado ya cien mil. De estos cien mil,
veinte mil habían germinado. De estos veinte mil, él consideraba
que todavía se perderían la mitad, por causa de los roedores o
por cualquier otro designio de la Providencia imposible de
predecir. Quedarían entonces diez mil encinos que podrían crecer
en este lugar donde antes no había sobrevivido nada.
Fué en este momento en el que comencé a preguntarme sobre la
edad de este hombre. Era evidente que se trataba de un hombre de
más de cincuenta años. Cincuenta y cinco me dijo. Se llamaba
Eleazar Bouffier. Solía tener una granja en las planicies, donde
había vivido la mayor parte de su vida. Había perdido a su único
hijo y después a su mujer. Se retiro a la soledad donde acogió
el placer de vivir lentamente con su rebaño de corderos y su
perro. El había juzgado que este país se estaba mueriendo porque
le faltaban árboles. Añadió entonces que no teniendo nada más
importante que hacer había tomado la resolución de poner remedio
a este estado de las cosas.
Viviendo yo mismo en ese momento una vida solitaria, y a pesar
de mi juventud, sabía como acercarme con delicadeza a aquellas
almas solitarias. Aún así, cometí un error. Fué precisamente mi
juventud la que me forzó a imaginar el porvenir en mis propios
términos, y en cierta medida también un anhelo en la búsqueda
por felicidad. Le comenté que dentro de treinta años estos cien
mil encinos serían majestuosos. Me respondió con tal simpleza,
que si Dios le prestaba vida, en treinta años él habría plantado
tantos otros que estos diez mil serían tan sólo como una gota en
el mar.
Él había comenzado también a estudiar la propagación de las
hayas. Cerca de su casa había instalado un pequeño vivero donde
crecía los arbolitos. Los sujetos que había protegido de sus
corderos con una pequeña barda, que funcionaba como barrera,
estaban creciendo hermosamente. Él estaba considerando plantar
también algunos abedules que serían muy convenientes para las
partes bajas de los valles, donde aclaro que había en estado
latente un poco de humedad que se extendía sobre la superficie
del suelo por algunos metros.
Al siguiente día, nos separamos.
Al año siguiente la guerra del catorce había comenzado. Yo
estuve comprometido en ella por cinco años. Un soldado de
infantería apenas y podía pensar en árboles. A decir verdad,
todo este asunto no me había dejado ninguna impresión. En lo
personal la considere como un hobby pueril, como una colección
de timbres y la olvide.
Al terminar la guerra me encontré al frente a una pequeña
desmovilización y con un gran deseo de tomar un pequeño respiro
de aire puro. Sin ninguna otra preconcepción más allá de tomar
un nuevo aliento. Fué así que retomé el camino hacia aquellas
tierras desérticas.
La región no había cambiado. Sin embargo, más allá de ese
poblado abandonado percibí a la distancia una especie de neblina
grisácea que convergía en las alturas de las colinas como una
alfombra. A partir de ese momento no deje de pensar en el pastor
que plantaba árboles. Diez mil encinos, me dije: ocupan un gran
espacio verdaderamente.
Había visto morir a mucha gente durante esos cinco años de
guerra, pero no me podía imaginar de ninguna manera la muerte de
Eleazar Bouffier, a pesar de que un hombre de veinte años piense
que un hombre de cincuenta es ya tan viejo que no le resta más
que morir. Él no estaba muerto, en efecto, estaba lleno de
vitalidad. Había cambiado la materia de su interés. Ahora sólo
tenía cuatro corderos, pero tenía un centenar de colmenas. Se
había desecho de los corderos porque amenazaban los retoños de
los árboles. Él me comentó entonces que la guerra no lo había
distraído en absoluto, como yo mismo me pude dar cuenta, él
continuó con su labor de cultivador de árboles
imperturbablemente.
Los encinos de 1910 ahora tenían 10 años y eran más altos que yo
y que él mismo. El espectáculo era impresionante. Yo me quede
literalmente privado de la palabra. Como él, no podía hablar
más. Pasamos todo el día en silencio caminando por su bosque.
Estaba divido en tres secciones, el largo total era de once
kilómetros, y en su punto más ancho la sección era de tres
kilómetros. Cuando caí en la cuenta de que todo esto había
florecido de las manos y del alma de este único hombre solo, sin
ningún avance técnico en su herramienta, comprendí que los
hombres pueden llegar a ser tan eficaces como Dios en otros
dominios además de el de la destrucción.
Él había perseguido su ideal, prueba faciente de ello era que
las hayas habían alcanzado mis hombros y se habían extendido tan
lejos como la vista podía alcanzar. Los encinos eran ahora
robustos y frondosos, habían ya pasado la edad en la que estaban
a la merced de los roedores y en cuanto a los designios de la
Providencia, si deseaba destruir la obra creada, se necesitaría
de un ciclón. Él me mostró sus admirables parcelas de abedules
que databan de cinco años atrás, es decir de 1915; cuando yo
tuve que estar combatiendo en Verdún. Él los había plantado en
las partes bajas del valle, donde había sospechado, con justa
razón, que había humedad justo a flor de tierra. Eran tan
tiernos como jóvenes adolescentes, y muy decididos.
La creación estaba en el aire, por doquiera, se veía como la
sucesión estuviera tomando su propio camino. Él no se
preocupaba, se ocupaba. Perseguía obstinadamente su objetivo.
Era tan simple como eso. Al descender por el poblado, pude ver
agua correr en los arroyos que en la memoria de los hombres,
habían estado siempre secos. Era la más extraordinaria reacción
en cadena la que este hombre me había dado la oportunidad de
presenciar. Estos arroyos secos que en tiempos muy antiguos
habían llevado agua, habían vuelto a florecer. Algunos de estos
tristes poblados, de los que había comentado al comienzo de mi
relato, estaban construidos sobre edificios de antiguas ciudades
galo-romanas, donde aún quedaban algunos trazos de estas
antiguas culturas. Ahí, los arqueólogos habían encontrado
anzuelos de pesca, en lo que en tiempos más recientes habían
sido cisternas para abastecer de un poco de agua a estos secos
lugares.
El viento dispersaba también algunas semillas. Al mismo tiempo
que el agua reapareció, reaparecieron los sauces, las
enredaderas, los prados, los jardines, las flores y positivas
razones para vivir.
Realmente la transformación había tenido lugar de manera tan
paulatina que había penetrado y se había instalado en la
costumbre sin provocar ningún sobresalto o sorpresa. Los
cazadores que subían a la soledad de las montañas para perseguir
liebres o jabalíes habían constatado también la presencia de
pequeños árboles. Sin embargo, atribuían los cambios a los
procesos naturales de la tierra. Esta era la razón por la que
nadie había tocado su obra, porque nadie en absoluto había
llegado a estar en contacto con este hombre. Era insólito.
¿Quién podría imaginar que en estos poblados y administraciones,
que existiera alguien con tal obstinación y poseedor de una
generosidad extrema que llegase al punto de ser sublime?
A partir de 1920, no dejé pasar más de un año sin ir a visitar a
Eleazar Bouffier. Jamás lo ví decaer, ni dudar. A pesar de que
sólo Dios sabe los sin sabores que hubo de
superar. Para obtener
el éxito en su empresa fué necesario superar muchas adversidades
y luchar contra la desesperación. Baste decir que durante un año
había logrado plantar diez mil arces y todos murieron. Al
siguiente año de este suceso, decidió abandonar los arces y
volver a plantar hayas. Estas lograron crecer sanas y con mayor
esplendor que los encinos.
Para tener una idea más precisa del carácter excepcional de
nuestro personaje, no hace falta más que recordar que vivía en
una soledad total, sí total, a tal punto que hacía el final de
su vida había perdido la costumbre de hablar. O quizás: ¿Era que
ya no había visto la necesidad de hacerlo?
En 1933 recibió la visita de un guardia forestal atolondrado.
Este funcionario le advirtió de no provocar fuegos a la
intemperie, ya que podría a poner en riesgo el bosque "natural".
Fué la primera vez que un hombre le dijera de forma tan pueril
que había visto crecer este bosque por sí solo, de manera
espontánea. En este tiempo él estaba pensando en plantar hayas
en un claro a doce kilómetros de su casa. Para evitar el ir y
venir de ese sitio, - ya que para aquel entonces él contaba ya
con setenta y cinco años de edad-, estaba ambicionando construir
una pequeña casita de piedra en el lugar mismo donde se
encargaría de plantar los árboles. Esto fué lo que hizo al año
siguiente.
En 1935, un verdadero delegado de la administración vino a
examinar "el bosque natural". Había con él un personaje
importante del Ministerio de Aguas y Bosques, un diputado y
técnicos. Se pronunciaron muchas palabras inútiles. Se
decidieron hacer algunas cosas y, afortunadamente, no se hizo
nada; excepto por una medida verdaderamente útil: se puso al
bosque bajo la salvaguarda del Estado, y se prohibió que se
viniera a hacer carbón. Era evidente que era imposible no ser
subyugado ante la belleza de estos jóvenes árboles plenos de
salud. Este bosque ejercía sus poderes seductivos incluso en el
mismo diputado.
Yo tenía un amigo entre los directores del departamento forestal
que estaban en la delegación. Le explique lo que para él era un
misterio. Un día de la siguiente semana, fuimos los dos juntos a
buscar a Eleazar Bouffier. Lo encontramos en pleno trabajo, a
veinte kilómetros del sitio donde se había realizado la
inspección anterior.
Este capitán forestal no era mi amigo nada más porque sí. Él
conocía el verdadero valor de la cosas. El sabía permanecer en
silencio. Le ofrecí algunos huevos que había traído conmigo como
regalo; dividimos nuestros alimentos en tres y pasamos algunas
horas sin decir ninguna palabra, en la contemplación del
paisaje.
La ladera donde estábamos estaba cubierta por árboles de seis a
siete metros de alto. Yo recordé el aspecto del sitio en 1913:
un desierto... El trabajo apacible y regular, el aire lleno de
vitalidad de las alturas, la frugalidad, y sobretodo la
serenidad de su alma le habían dado a este hombre una salud casi
solemne. Era un atleta de Dios. Me preguntaba cuántas hectáreas
más él habría todavía de cubrir con árboles.
Antes de partir, mi amigo hizo una simple sugerencia
concerniente a algunas especies de árboles para las que el
terreno parecía especialmente adecuado. Él no insistió más. Por
una muy buena razón. Me aclaro después. Este buen hombre sabe
mucho más que yo. A una hora más de camino, - esta idea se le
había fijado en su pensamiento, y entonces agregó:"Él sabe mucho
más que todo el mundo". Él había encontrado un motivo para
sentirse orgulloso y feliz.
Fué gracias a este capitán forestal que no solamente el bosque
fué protegido, sino que junto con él la felicidad de este
hombre. Hizo nombrar a tres guardias forestales para la
protección de los territorios. Los ubico de tal manera que
permanecieran indiferentes a cualquier cantidad de vino que los
talamontes pudieran ofrecer como soborno.
La obra no estuvo en riesgo grave, salvo en la guerra de 1939;
cuando los automóviles comenzaron a entrar por madera, pues
nunca había suficiente. Comenzaron a talar algunos de los
encinos de las parcelas de 1910. Por suerte, estos bosques están
tan lejos de cualquier arroyo o camino que no resultó costeable
seguir extrayendo la madera y la compañía decidió pronto
abandonar esta extracción. El pastor no vió nada. Él estaba a
treinta kilómetros del sitio, y continuaba pacíficamente con su
labor, tan imperturbable por la guerra de 39 como lo había
estado por la guerra de 14.
Ví por última vez a Eleazar Bouffier en 1945. Tenía entonces
ochenta y siete años. Yo había retomado de nueva cuenta el
camino del desierto, sólo para encontrarme ahora con lo que a
pesar de todo había dejado como legado la guerra en esa región.
Había un carro que hacía la ruta entre el Valle del Durance y la
montaña. Yo me apreste a tomar este relativamente rápido medio
de transporte, pues los cambios eran tan grandes que yo no pude
reconocer el lugar de mis últimas visitas. Me pareció también
que el trayecto me hacía pasar por lugares nuevos. Me ví
obligado a preguntar el nombre del poblado, para estar bien
seguro que esta era la región que en otros tiempos había visto
en ruinas y desolación. El carro me dejó en Vergons.
En 1913, en este pequeño caserío había diez o doce casas con
tres habitantes. Estas gentes eran salvajes, detestándose los
unos a los otros, siempre en eterno conflicto y pillaje. Física
y moralmente, ellos parecían hombres prehistóricos. Eran
devorados por el contorno de las paredes de las casas
abandonadas. Su condición era de total desesperanza. Parecía que
sólo estaban esperando a que la muerte los encontrara. Una
condición que claramente no los predisponía a cultivar ninguna
virtud.
Todo había cambiado. Incluso el aire mismo. En el lugar de
borrascas secas que en otros tiempos había sido, ahora soplaba
suavemente una brisa con dulce olor. Un sonido que recuerda el
del correr del agua que cae de las alturas. Pasaba lo mismo con
el viento que ululaba entre los árboles del bosque. En fin, lo
más asombroso de todo era que se escuchaba el ruido del agua que
circulaba hacía un verdadero pozo. Ví que habían construido una
fuente, y que había abundante agua en ella; lo que me estremeció
más es que junto a esta fuente habían plantado limoneros que
tenían por lo menos cuatro años y que ya habían crecido gruesos.
Eran un símbolo de la indisputable resurrección.
Más aún Vergons mostraba ya signos de trabajo, de aquellos que
tienen por condición necesaria la presencia de la esperanza. La
esperanza había retornado. Habían limpiado las ruinas, habían
tirado las paredes rotas, y habían reconstruido las cinco casas.
El poblado contaba ahora con veintiocho habitantes que incluía a
cuatro parejas jóvenes. Las casas nuevas, recién remozadas
estaban rodeadas por jardines, hortalizas y verduras
entremezcladas con malezas alineadas, había legumbres y flores,
coles y rosales, puerros y albahaca, apios y anémonas. Era ahora
un lugar donde cualquiera estaría encantado de vivir.
A partir de este poblado seguí mi camino a pie. La guerra de la
que a penas estábamos saliendo, no nos permitía más que
reincorporarnos pausadamente a la vida. Sin embargo, Lázaro
estaba fuera de su tumba. En los flancos de las montañas ví
campos verdes de cebada y de centeno en hierba. Al fondo podía
ver algunas praderas que reverdecían.
Nos separan ahora ocho años desde que ví a toda esta región
florecer con una suave ligereza que resplandecía de verdor. Los
despojos de las ruinas que había visto en 1913, ahora mantenían
granjas prósperas, que proporcionaban una vida feliz y
confortable. Los viejos manantiales eran alimentados por agua de
lluvia y nieve que ahora podía ser alojada y retenida por los
bosques; el agua volvía a correr recuperando su ciclo natural.
Parte del agua se había acanalado. Bordeando a cada granja había
arboledas de pinos y arces, los manantiales de agua estaban
bordeados por carpetas de mentas frescas. Los poblados estaban
siendo reconstruidos poco a poco. Una población venida de las
planicies donde la tierra era muy cara llegaron a establecerse,
trayendo con ellos juventud, movimiento y espíritu de aventura.
Ahora se encuentran por los caminos hombres y mujeres bien
nutridos, jóvenes y muchachas que saben reír, y que han retomado
el gusto por las fiestas de la campiña. Si reencontramos a la
antigua población, ahora veremos que es irreconocible por su
dulzura y plenitud por la vida. Contando a los nuevos llegados,
tenemos a más de diez mil personas que le deben su felicidad a
Eleazar Bouffier.
Cuando reflexiono que un solo hombre confiado en sus simples
recursos físicos y morales fué suficiente para hacer surgir de
un desierto esta tierra de Cannan, me doy cuenta que a pesar de
todo, la condición humana es admirable. Pero, cuando hago un
recuento de lo que puede crear, la constancia, la generosidad y
la grandeza de un alma resuelta a lograr su objetivo, soy presa
de un inmenso respeto por aquel viejo campesino sin cultura que
a su manera supo como materializar una obra digna de Dios.
Eleazar Bouffier murió apaciblemente en 1947 en el asilo de
Banon.
JEAN GIONO
El Hombre que Plantaba Árboles
Traducción de francés por Olga S. Ricalde de Koehnen
Nota:
La novela de Jean Giono que fue escrita alrededor de 1953, es
poco conocida en Francia. El texto se pudo recuperar gracias a
que contrariamente a lo que sucede en Francia, la historia ha
sido ampliamente difundida en el mundo entero y ha sido
traducida a trece idiomas. Lo que ha contribuido también a que
se hallan hecho numerosas preguntas alrededor de la personalidad
de Eleazar Bouffier y sobre de los bosques de Vergins. Si bien
es cierto que el hombre que plantó los encinos es un simple
producto de la imaginación del autor; es importante aclarar que
efectivamente en ésta región se ha realizado un enorme esfuerzo
de reforestación, sobretodo a partir de 1880. Cien mil hectáreas
han sido reforestadas antes de la Primera Guerra Mundial,
utilizando predominantemente pino negro de Austria y malezas de
Europa. Estos bosques son actualmente bellísimos y han
efectivamente transformado el paisaje y el régimen de las aguas
de esta región.
He aquí el texto de la carta que Giono escribió al director del
Departamento de Aguas y Bosques, el señor Valderyon, en 1957
haciendo referencia a esta novela.
Querido Señor:
Siento mucho decepcionarlo, pero Eleazar Bouffier es un
personaje inventado. El objetivo de esta historia es el de hacer
amar a los árboles, o con mayor precisión: hacer amar plantar
árboles (lo que después de todo, es una de mis ideas más
preciadas). O, si se considera por el resultado; el objetivo es
obtener el mismo resultado de nuestro personaje imaginario. El
texto que usted ha leído en "Trees and life" ha sido traducido
al Danés, Finés, Sueco, Noruego, Inglés, Alemán, Ruso,
Checoslovaco, Húngaro, Español, Italiano, Yddish y Polaco. Cedo
mis derechos gratuitamente a todas las reproducciones. Un
americano me ha buscado recientemente para solicitarme la
autorización para hacer un tiraje de 100 000 ejemplares del
texto que van a ser repartidas gratuitamente en América (algo
que tengo bien entendido y aceptado). La Universidad de Zagreb
ha hecho una traducción al Yugoslavo. Este es uno de los textos
que he escrito de los que me siento más orgulloso, porque cumple
con la función para la que fue escrito. Dicho sea de paso, esta
historia no me aporta ningún céntimo.
Si a usted le es posible, me encantaría que pudiéramos reunirnos
para hablar precisamente de la utilización práctica de este
texto. Yo considero que es ya el tiempo de que hagamos una
política favorable al árbol, a pesar de que la palabra política
parezca bastante mal adaptada.
Muy cordialmente,
Jean Giono
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