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LA
HORMIGA
U
una papilla fría y con sabor a hojalata. Pero al
menos las releva de la necesidad de salir fuera de los
hormigueros en procura de vegetales naturales. Así se salvan del
fuego, del veneno, de las nubes insecticidas. Como el número de
las hormigas es una cifra que tiende constantemente a crecer, al
cabo de un tiempo hay tantas hormigas bajo tierra que es preciso
ampliar los hormigueros. Las galerías se expanden, se
entrecruzan, terminan por confundirse en un solo Gran Hormiguero
bajo la dirección de una sola Gran Hormiga. Por las dudas, las
salidas al exterior son tapiadas a cal y canto. Se suceden las
generaciones. Como nunca han franqueado los límites del Gran
Hormiguero, incurren en el error de lógica de indentificarlo con
el Gran Universo. Pero cierta vez una hormiga se extravía por
unos corredores en ruinas, distingue una luz lejana, unos
destellos, se aproxima y descubre una boca de salida cuya
clausura se ha desmoronado. Con el corazón palpitante, la
hormiga sale a la superficie de la tierra. Ve una mañana. Ve un
jardín. Ve tallos, hojas, yemas, brotes, pétalos, estambres,
rocío. Ve una rosa amarilla. Todos sus instintos despiertan
bruscamente. Se abalanza sobre las plantas y empieza a talar, a
cortar y a comer. Se da un atracón. Después, relamiéndose,
decide volver al Gran Hormiguero con la noticia. Busca a sus
hermanas, trata de explicarles lo que ha visto, grita:
"Arriba...luz...jardín...hojas...verde...flores..." Las demás
hormigas no comprenden una sola palabra de aquel lenguaje
delirante, creen que la hormiga ha enloquecido y la matan.
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