|
La mujer que llegaba a
las seis
La
puerta oscilante se abrió. A esa hora no había nadie en el
restaurante de José.
Acababan de dar las seis y el hombre sabia que sólo a las seis y
media empezarían a llegar los parroquianos habituales. Tan
conservadora y regular era su clientela, que no había acabado el
reloj de dar la sexta campanada cuando una mujer entró, como
todos los días a esa hora, y se sentó sin decir nada en la alta
silla giratoria. Traía un cigarrillo sin encender, apretado
entre los labios. Hola reina dijo José cuando la vio sentarse.
Luego caminó hacia el otro extremo del mostrador, limpiando con
un trapo seco la superficie vidriada. Siempre que entraba
alguien al restaurante José hacia lo mismo. Hasta con la mujer
con quien había llegado a adquirir un grado de casi intimidad,
el gordo y rubicundo mesonero representaba su diaria comedia de
hombre diligente. Habló desde el otro extremo del mostrador.
¿Qué quieres hoy?-dijo. Primero que todo
quiero enseñarte a ser
caballero dijo la mujer. Estaba sentada al final de la hilera de
sillas giratorias, de codos en el mostrador, con el cigarrillo
apagado en los labios. Cuando habló apretó la boca para que José
advirtiera el cigarrillo sin encender. --No me había dado
cuenta--dijo José.
Todavía no te has dado cuenta de nada--dijo la mujer. El hombre
dejó el trapo en el mostrador, caminó hacia los armarios oscuros
y olorosos a alquitrán y a madera polvorienta, y regresó luego
con las cerillas. La mujer se inclinó para alcanzar la lumbre
que ardía entre las manos rústicas y velludas del hombre. José
vio el abundante cabello de la mujer, empavonado de vaselina
gruesa y barata. Vio su hombro descubierto, por encima del
corpiño floreado. Vio el nacimiento del seno crepuscular, cuando
la mujer levantó la cabeza, ya con la brasa en los
labios.
Estás hermosa hoy, reina dijo José. Déjate de tonterías dijo la
mujer. No creas que eso me va a servir para pagarte. No quise
decir eso, reina--dijo José. Apuesto a que hoy te hizo daño el
almuerzo. La mujer tragó la primera bocanada de humo denso, se
cruzó de brazos, todavía con los codos apoyados en el mostrador,
y se quedó mirando hacia la calle, a través del amplio cristal
del restaurante. Tenía una expresión melancólica. De una
melancolía hastiada y vulgar.
Te voy a preparar un buen bistec dijo José. Todavía no tengo
plata dijo la mujer.
Hace tres mesas que no tienes plata y siempre te preparo algo
bueno dijo José.
Hoy es distinto dijo la mujer, sobriamente, todavía mirando
hacia la calle.
Todos los días son iguales dijo José. Todos los días el reloj
marca las seis, entonces entras y dices que tienes un hambre de
perro y entonces yo te preparo algo bueno. La única diferencia
es ésa que hoy no dices que tienes un hambre de perro, sino que
el día es distinto.
Y es verdad dijo la mujer. Se volvió a mirar al hombre que
estaba del otro lado del mostrador, registrando la nevera.
Estuvo contemplándolo durante dos, tres, segundos.
Luego miró el reloj, arriba del armario. Eran las seis y tres
minutos. «Es verdad, José, hoy es distinto», dijo. Expulsó el
humo y siguió hablando con palabras cortas, apasionadas: “Hoy no
vine a las seis, por eso es distinto, José”.
El hombre miró el reloj. Me corto el brazo si ese reloj se
atrasa un minuto dijo. No es eso, José. Es que hoy no vine a las
seis dijo la mujer. Vine un cuarto para las seis. Acaban de dar
las seis, reina dijo José. Cuando tú entraste acababan de
darlas.
Tengo un cuarto de hora de estar aquí dijo la mujer. José se
dirigió hacia donde ella estaba.
Acercó a la mujer su enorme cara congestionada, mientras tiraba
con el índice de uno de sus párpados.
Sóplame aquí dijo. La mujer echó la cabeza hacia atrás. Estaba
seria, fastidiosa, blanda; embellecida por una nube de tristeza
y cansancio. Déjate de tonterías, José. Tú sabes que hace más de
seis meses que no bebo. Eso se lo vas a decir a otro dijo. A mí
no. Te apuesto a que por lo menos se han tomado un litro entre
dos.
Me tomé dos tragos con un amigo dijo la mujer. Ah; entonces
ahora me explico dijo José.
Nada tienes que explicarte dijo la mujer. Tengo un cuarto de
hora de estar aquí.
El hombre se encogió de hombros. Bueno, si así lo quieres,
tienes un cuarto de hora de estar aquí. Después de todo a nadie
le importa nada diez minutos más o diez minutos menos.
Sí importan, José dijo la mujer. Y estiró los brazos por encima
del mostrador, sobre la superficie vidriada, con un aire de
negligente abandono. Dijo: “Y no es que yo lo quiera, es que
hace un cuarto de hora que estoy aquí”. Volvió a mirar el reloj
y rectificó: Qué digo; ya tengo veinte minutos.
Está bien, reina dijo el hombre. Un día entero con su noche te
regalaría yo para verte contenta. Durante todo este tiempo José
había estado moviéndose detrás del mostrador, removiendo
objetos, quitando una cosa de un lugar para ponerla en otro.
Estaba en su papel.
Quiero verte contenta repitió. Se detuvo bruscamente,
volviéndose hacia donde estaba la mujer.
¿Tú sabes que te quiero mucho?-dijo. La mujer lo miró con
frialdad.
¿Siii...? ¡Qué descubrimiento, José! ¿Crees que me quedaría
contigo por un millón de pesos?
No he querido decir eso, reina dijo José. Vuelvo a apostar a que
te hizo daño el almuerzo.
No te lo digo por eso dijo la mujer. Y su voz se volvió menos
indolente. Es que ninguna mujer soportaría una carga como la
tuya ni por un millón de pesos.
José se ruborizó. Le dio la espalda a la mujer y se puso a
sacudir el polvo en las botellas del armario. Habló sin volver
la cara. Estás insoportable hoy, reina. Creo que lo mejor es que
te comas el bistec y te vayas a acostar.
No tengo hambre dijo la mujer. Se quedó mirando otra vez la
calle, viendo los transeúntes turbios de la ciudad atardecida.
Durante un instante hubo un silencio turbio en el restaurante.
Una quietud interrumpida apenas por el trasteo de José en el
armario. De pronto la mujer dejó de mirar hacia la calle y habló
con la voz apagada, tierna, diferente.
¿Es verdad que me quieres, Pepillo?. Es verdad dijo José, en
seco sin mirarla.
¿A pesar de lo que te dije?--dijo la mujer.
¿Qué me dijiste? dijo José, todavía sin inflexiones en la voz,
todavía sin mirarla. Lo del millón de pesos dijo la mujer. Ya lo
había olvidado dijo José.
Entonces, ¿me quieres? dijo la mujer. Sí dijo José. Hubo una
pausa. José siguió moviéndose con la cara revuelta hacia los
armarios, todavía sin mirar a la mujer. Ella expulsó una nueva
bocanada de humo, apoyó el busto contra el mostrador y luego,
con cautela y picardía, mordiéndose la lengua antes de decirlo,
como si hablara en puntillas: ¿Aunque no me acueste contigo?
dijo.
Y sólo entonces José volvió a mirarla: Te quiero tanto que no me
acostaría contigo dijo.
Luego caminó hacia donde ella estaba. Se quedó mirándola de
frente, los poderosos brazos apoyados en el mostrador, delante
de ella, mirándola a los ojos.
Dijo: Te quiero tanto que todas las tardes mataría al hombre que
se va contigo. En el primer instante la mujer pareció perpleja.
Después miró al hombre con atención, con una ondulante expresión
de compasión y burla. Después guardó un breve silencio,
desconcertada. Y después rió, estrepitosamente.
Estás celoso, José. ¡Qué rico, estás celoso! José volvió a
sonrojarse con una timidez franca, casi desvergonzada, como le
habría ocurrido a un niño a quien le hubieran revelado de golpe
todos los secretos.
Dijo: Esta tarde no entiendes nada, reina. Y se limpió el sudor
con el trapo. Dijo: La mala vida te está embruteciendo. Pero
ahora la mujer había cambiado de expresión. “Entonces no, dijo.
Y volvió a mirarlo a los ojos, con un extraño esplendor en la
mirada, a un tiempo acongojada y desafiante.
Entonces, no estás celoso. En cierto modo, sí dijo José. Pero no
es como tú dices. Se aflojó el cuello y siguió limpiándose,
secándose la garganta con el trapo.
¿Entonces?--dijo la mujer. Lo que pasa es que te quiero tanto
que no me gusta que hagas eso dijo José.
¿Qué? dijo la mujer. Eso de irte con un hombre distinto todos
los días dijo José. ¿Es verdad que lo matarías para que no se
fuera conmigo? dijo la mujer.
Para que no se fuera, no dijo José. Lo mataría porque se fuera
contigo.
Es lo mismo dijo la mujer. La conversación había llegado a
densidad excitante. La mujer hablaba en voz baja, suave,
fascinada. Tenía la cara casi al rostro saludable y pacífico del
hombre, que permanecía inmóvil, como hechizado por el vapor de
las palabras.
Todo eso es verdad dijo José. Entonces dijo la mujer, y extendió
la mano para acariciar el áspero brazo del hombre. Con la otra
mano arrojó la colilla. Entonces, ¿tú eres capaz de matar a un
hombre? Por lo que te dije, sí dijo José. Y su voz tomó una
acentuación casi dramática.
La mujer se echó a reír convulsivamente, con una abierta
intención de burla.
¡Qué horror!, José. ¡Qué horror! dijo, todavía riendo. José
matando a un hombre. ¡Quién hubiera dicho que detrás del señor
gordo y santurrón, que nunca me cobra, que todos los días me
prepara un bistec y que se distrae hablando conmigo hasta cuando
encuentro un hombre, hay un asesino! ¡Qué horror, José! ¡Me das
miedo!
José estaba confundido. Tal vez sintió un poco de indignación.
Tal vez, cuando la mujer se echó a reír, se sintió defraudado.
Estás borracha, tonta dijo. Vete a dormir. Ni siquiera tendrás
ganas de comer nada. Pero la mujer, ahora había dejado de reír y
estaba otra vez seria, pensativa, apoyada en el mostrador. Vio
alejarse al hombre. Lo vio abrir la nevera y cerrarla otra vez,
sin extraer nada de ella. Lo vio moverse después hacia el
extremo opuesto del mostrador. Lo vio frotar el vidrio
reluciente, como al principio. Entonces la mujer habló de nuevo,
con el tono enternecedor y suave de cuando dijo: ¿Es verdad que
me quieres, Pepillo? José dijo. El hombre no la miró.
¡José! Vete a dormir dijo José. Y métete un baño antes de
acostarte para que se te serene la borrachera.
En serio, José dijo la mujer. No estoy borracha. Entonces te has
vuelto bruta dijo José.
Ven acá, tengo que hablar contigo dijo la mujer.
El hombre se acercó tambaleando entre la complacencia y la
desconfianza.
¡Acércate! El hombre volvió a pararse frente a la mujer. Ella se
inclinó hacia adelante, lo asió fuertemente por el cabello, pero
con un gesto de evidente ternura.
Repíteme lo que me dijiste al principio dijo. ¿Qué? dijo José.
Trataba de mirarla con la cabeza agachada asido por el cabello.
Que matarías a un hombre que se acostara conmigo dijo la mujer.
Mataría a un hombre que se hubiera acostado contigo, reina. Es
verdad dijo José.
La mujer lo soltó. ¿Entonces me defenderías si yo lo matara?
dijo, afirmativamente, empujando con un movimiento de brutal
coquetería la enorme cabeza de cerdo de José. El hombre no
respondió nada; sonrió. Contéstame, José dijo la mujer. ¿Me
defenderías si yo lo matara?
Eso depende dijo José. Tú sabes que eso no es tan fácil como
decirlo. A nadie le cree más la policía que a ti dijo la mujer.
José sonrió, digno, satisfecho. La mujer se inclinó de nuevo
hacia él, por encima del mostrador. Es verdad, José. Me
atrevería a apostar que nunca has dicho una mentira dijo.
No se saca nada con eso dijo José. Por lo mismo dijo la mujer.
La policía lo sabe y te cree cualquier cosa sin preguntártelo
dos veces. José se puso a dar golpecitos en el mostrador, frente
a ella, sin saber qué decir. La mujer miró nuevamente hacia la
calle. Miró luego el reloj y modificó el tono de su voz, como si
tuviera interés en concluir el diálogo antes de que llegaran los
primeros parroquianos.
¿Por mí dirías una mentira, José? dijo. En serio. Y entonces
José se volvió a mirarla, bruscamente, a fondo, como si una idea
tremenda se le hubiera agolpado dentro de la cabeza. Una idea
que entró por un oído, giró por un momento, vaga, confusa, y
salió luego por el otro, dejando apenas un cálido vestigio de
pavor.
¿En qué lío te has metido, reina? dijo José. Se inclinó hacia
adelante, los brazos otra vez cruzados sobre el mostrador. La
mujer sintió el vaho fuerte y un poco amoniacal de su
respiración, que se hacía difícil por la presión que ejercía el
mostrador contra el estómago del hombre.
Esto sí es en serio, reina. ¿En qué lío te has metido? dijo. La
mujer hizo girar la cabeza hacia el otro lado. En nada dijo.
Sólo estaba hablando por entretenerme.
Luego volvió a mirarlo.
¿Sabes que quizás no tengas que matar a nadie?. Nunca he pensado
matar a nadie dijo José desconcertado. No, hombre dijo la mujer.
Digo que a nadie que se acueste conmigo.
¡Ah! dijo José. Ahora sí que estás hablando claro. Siempre he
creído que no tienes necesidad de andar en esa vida. Te apuesto
a que si te dejas de eso te doy el bistec más grande todos los
días, sin cobrarte nada.
Gracias, José dijo la mujer. Pero no es por eso. Es que ya no
podré acostarme con nadie.
Ya vuelves a enredar las cosas--dijo José. Empezaba a parecer
impaciente.
No enredo nada--dijo la mujer. Se estiró en el asiento y José
vio sus senos aplanados y tristes debajo del corpiño. Mañana me
voy y te prometo que no volveré a molestarte nunca.
Te prometo que no volveré a acostarme con nadie.
¿Y de dónde te salió esa fiebre? dijo José. Lo resolví hace un
rato dijo la mujer. Sólo hace un momento me di cuenta de que eso
es una porquería. José agarró otra vez el trapo y se puso a
frotar el vidrio, cerca de ella. Habló sin mirarla. Dijo: Claro
que como tú lo haces es una porquería. Hace tiempo que debiste
darte cuenta.
Hace tiempo me estaba dando cuenta dijo la mujer. Pero sólo hace
un rato acabé de convencerme. Les tengo asco a los hombres. José
sonrió. Levantó la cabeza para mirar, todavía sonriendo, pero la
vio concentrada, perpleja, hablando, y con los hombros
levantados; balanceándose en la silla giratoria, con una
expresión taciturna, el rostro dorado por una prematura harina
otoñal.
¿No te parece que deben dejar tranquila a una mujer que mate a
un hombre porque después de haber estado con él siente asco de
ése y de todos los que han estado con ella?
No hay para qué ir tan lejos dijo José, conmovido, con un hilo
de lástima en la voz. ¿Y si la mujer le dice al hombre que le
tiene asco cuando lo ve vistiéndose, por qué se acuerda que ha
estado revolcándose con él toda la tarde y siente que ni el
jabón ni el estropajo podrán quitarle su olor?
Eso pasa, reina dijo José, ahora un poco indiferente, frotando
el mostrador. No hay necesidad de matarlo. Simplemente dejarlo
que se vaya. Pero la mujer seguía hablando y su voz era una
corriente uniforme, suelta, apasionada.
¿Y si cuando la mujer le dice que le tiene asco, el hombre deja
de vestirse y corre otra vez para donde ella, a besarla otra
vez, a...? Eso no lo hace ningún hombre decente dijo José.
¿Pero, y si lo hace? dijo la mujer, con exasperante ansiedad. ¿
Si el hombre no es decente y lo hace y entonces la mujer siente
que le tiene tanto asco que se puede morir, y sabe que la única
manera de acabar con toda eso es dándole una cuchillada por
debajo?
Esto es una barbaridad dijo José. Por fortuna no hay hombre que
haga lo que tú dices.
Bueno dijo la mujer, ahora completamente exasperada. ¿Y si lo
hace? Suponte que lo hace.
De todos modos no es para tanto--dijo José. Seguía limpiando el
mostrador, sin cambiar de lugar, ahora menos atento a la
conversación.
La mujer golpeó el vidrio con los nudillos. Se volvió
afirmativa, enfática. Eres un salvaje, José dijo. No entiendes
nada. Lo agarró con fuerza por la manga. Anda, di que sí debía
matarlo la mujer. Está bien dijo José, con un sesgo
conciliatorio. Todo será como tú dices.
¿Eso no es defensa propia? dijo la mujer, sacudiéndole por la
manga. José le echó entonces una mirada tibia y complaciente.
“Casi, casi”, dijo. Y le guiñó un ojo, en un gesto que era al
mismo tiempo una comprensión cordial y un pavoroso compromiso de
complicidad. Pero la mujer siguió seria; lo soltó.
¿Echarías una mentira para defender a una mujer que haga eso?
dijo.
Depende dijo José. ¿Depende de qué? dijo la mujer. Depende de la
mujer dijo José.
Suponte que es una mujer que quieres mucho dijo la mujer. No
para estar con ella, ¿sabes?, sino como tú dices que la quieres
mucho. Bueno, como tú quieras, reina dijo José, laxo,
fastidiado.
Otra vez se alejó. Había mirado el reloj. Había visto que iban a
ser las seis y media. Había pensado que dentro de unos minutos
el restaurante empezaría a llenarse de gente y tal vez por eso
se puso a frotar el vidrio con mayor fuerza, mirando hacia la
calle a través del cristal de la ventana. La mujer permanecía en
la silla, silenciosa, concentrada, mirando con un aire de
declinante tristeza los movimientos del hombre. Viéndolo, como
podría ver un hombre una lámpara que ha empezado a apagarse. De
pronto, sin reaccionar, habló de nuevo, con la voz untuosa de
mansedumbre.
¡José! El hombre la miró con una ternura densa y triste, como un
buey maternal. No la miró para escucharla, apenas para verla,
para saber que estaba ahí, esperando una mirada que no tenía por
qué ser de protección o de solidaridad. Apenas una mirada de
juguete. Te dije que mañana me voy y no me has dicho nada dijo
la mujer.
Si dijo José. Lo que no me has dicho es para donde. Por ahí dijo
la mujer. Para donde no haya hombres que quieran acostarse con
una. José volvió a sonreír.
¿En serio te vas? preguntó, como dándose cuenta de la vida,
modificando repentinamente la expresión del rostro. Eso depende
de ti dijo la mujer. Si sabes decir a qué hora vine, mañana me
iré y nunca más me pondré en estas cosas. ¿Te gusta eso? José
hizo un gesto afirmativo con la cabeza, sonriente y concreto. La
mujer se inclinó hacia donde él estaba.
Si algún día vuelvo por aquí, me pondré celosa cuando encuentre
otra mujer hablando contigo, a esta hora y en esa misma silla.
Si vuelves por aquí debes traerme algo dijo José.
Te prometo buscar por todas partes el osito de cuerda, para
traértelo dijo la mujer.
José sonrió y pasó el trapo por el aire que se interponía entre
él y la mujer, como si estuviera limpiando un cristal invisible.
La mujer también sonrió, ahora con un gesto de cordialidad y
coquetería. Luego el hombre se alejó, frotando el vidrio hacia
el otro extremo del mostrador.
¿Qué? dijo José, sin mirarla. ¿Verdad que a cualquiera que te
pregunta a qué hora vine le dirás que a un cuarto para las seis?
dijo la mujer. ¿Para qué? dijo José, todavía sin mirarla y ahora
como si apenas la hubiera oído.
Eso no importa dijo la mujer. La cosa es que lo hagas. José vio
entonces al primer parroquiano que penetró por la puerta
oscilante y caminó hasta una mesa del rincón. Miró el reloj.
Eran las seis y media en punta.
Está bien, reina dijo distraídamente. Como tú quieras. Siempre
hago las cosas como tú quieras.
Bueno dijo la mujer. Entonces, prepárame el bistec. El hombre se
dirigió a la nevera, sacó un plato con carne y lo dejó en la
mesa. Luego encendió la estufa.
Te voy a preparar un buen bistec de despedida, reina dijo.
Gracias, Pepillo dijo la mujer.
Se quedó pensativa como si de repente se hubiera sumergido en un
submundo extraño, poblado de formas turbias, desconocidas. No se
oyó, del otro lado del mostrador, el ruido que hizo la carne
fresca al caer en la manteca hirviente. No oyó, después, la
crepitación seca y burbujeante cuando José dio vuelta al lomillo
en el caldero y el olor suculento de la carne sazonada fue
saturando, a espacios medidos, el aire del restaurante. Se quedó
así, concentrada, reconcentrada hasta cuando volvió a levantar
la cabeza, pestañeando, como si regresara de una muerte
momentánea. Entonces vio al hombre que estaba junto a la estufa,
iluminado por el alegre fuego ascendente.
Pepillo. Ah. ¿En qué piensas? dijo la mujer. Estaba pensando si
podrás encontrar en alguna parte el osito de cuerda dijo José.
Claro que sí dijo la mujer. Pero lo que quiero que me digas es
si me darás toda lo que te pidiera de despedida.
José la miró desde la estufa. ¿Hasta cuándo te lo voy a decir?
dijo. ¿Quieres algo más que el mejor bistec? Sí dijo la
mujer.¿Qué? dijo José.
Quiero otro cuarto de hora. José echó el cuerpo hacia atrás,
para mirar el reloj. Miró luego al parroquiano que seguía
silencioso, aguardando en el rincón, y finalmente a la carne,
dorada en el caldero. Sólo entonces habló.
En serio que no entiendo, reina dijo. No seas tonto, José dijo
la mujer. Acuérdate que estoy aquí desde las cinco y media.
Gabriel García Márquez
www.criscarbone.com.ar

|