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La noble mujer de Azan-Aga

W. Goethe

Qué se apercibe blanco, allá lejos, en el bosque verde? ¿Es nieve o son cisnes? Si fuera nieve, se habría fundido.
De ser cisnes, habrían echado a volar. No es nieve ni son cisnes, sino el relumbre de las tiendas de Azan-Agar. Es allí donde esta tendido, maltrecho por sus heridas. Su madre y su hermana han ido a visitarle. Una excesiva timidez retiene a su mujer para mostrarse a él.
Pero sus heridas van mucho mejor y él envía a decir estas palabras a su esposa fiel: "

 

No me esperes más en tu corazón; no me verás más ni estarás ya entre los míos."
Cuando la esposa hubo recibido estas duras palabras, se quedó helada y profundamente afligida. Luego, al oír el
paso de un caballo ante la puerta, creyó que era su esposo Azan quien venía y montó a la torre para precipitarse

delante de él. Pero sus dos hijas corrieron tras ella derramando amargas lágrimas:
-¡ No es el caballo de nuestro padre Azan! Quien viene es tu hermano Pintorevitch.
La esposa de Azan corrió delante de su hermano, lo estrechó entre sus brazos y gimió:
-Ve la vergüenza, hermano mío, a que tu hermana se ve reducida...¡El me ha abandonado!...¡A mí, la madre de cinco hijos!
El hermano no dijo nada. Sacó de su bolsillo la carta de separación, envuelta en seda roja, que devolvía a la esposa a su madre y la dejaba libre así de entregarla a otro hombre.
La esposa, después de haber conocido el triste mensaje, besó en la frente a sus dos hijos y a sus dos hijas en las mejillas.
Pero, en el momento de dejar a su último hijo, que todavía mamaba, su dolor redobló y no pudo dar un paso.
El hermano, impaciente, la cogió y la montó a la grupa de su caballo y, apresurado, se puso a cabalgar con la desconsolada mujer hacia la casa de sus padres.
Poco tiempo había transcurrido, apenas siete días, pero ya varios nobles se habían presentado para consolar a nuestra

viuda y pedirle matrimonio.
E incluso, el poderoso cadí de Imoski la había requerido también. La mujer, llorando, hizo esta súplica a su hermano:
Te conjuro por tu vida, no me des a otro esposo pues luego ver a mis pobres hijos me rompería el corazón.
Pero el hermano en absoluto se conmovió por estas palabras. La virtuosa mujer le suplicó al fin gracia para que le enviara al cadí un billete que contenía estas palabras: "La joven viuda te saluda amistosamente y, por la presente carta, te suplica con respeto que cuando vengas acompañado de tus esclavos traigas un gran velo para que pueda envolverse en él cuando pase por delante de la casa de Azan y no pueda ver así a sus hijos queridos,"
Apenas el cadí hubo leído este escrito, convocó a todos sus esclavos y se preparó a ir a visitar a la viuda llevándole el velo que le pedía.
 

Llegó felizmente a la mansión de la princesa y ella salió con él. Pero, cuando ella pasó por delante de la casa de Azan, los niños reconocieron a su madre y la llamaron: - Vuelve, vuelve a tu casa. ¡Vuelve a comer el pan de la tarde con tus hijos!
La esposa de Azan quedo conmovida por estas palabras y se volvió hacia el príncipe.
-Permite que los esclavos y los caballos se detengan ante esta puerta querida a fin de que yo pueda hacerles aún algunos dones a mis hijos.
Se detuvieron ante la puerta querida y ella hizo unos dones a sus pobres hijos. Dio a los niños unos bonitos botines bordados en oro, a las niñas unos ricos vestidos y al más pequeño, que se agitaba en su cuna, un vestido que se pondría cuando fuese más grande.
Azan-Aga estaba escondido y viendo todo esto, llamó a sus hijos con voz conmovida:
-¡Venid a mi, mis pobres pequeños! El corazón de vuestra madre está helado. Su corazón se ha cerrado por completo y ya no sabe compartir nuestras penas.
La esposa de Azan. al oír esto se precipitó al suelo mortalmente pálida. Y la vida abandonó su corazón desgarrado cuando vio a sus hijos huir de ella.