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LÉMURES

 

© Juan José Mestre

La noche ha llegado con esa trivialidad de sombras advenedizas que se adueñan del paisaje con las brumas primeras. Una calma inquietante de horas muertas juega su afán de tul recién entramado. Un búho se muestra con la apática mirada de quien ya conoce el panorama, repetido desde el principio, una y otra vez, con el único desafío de aguardar hasta el alba. El tiempo, no existe. Se ha detenido entre el vaho y las pocas luces que, a hurtadillas se cuelan en las calles vacías. El pueblo es un desierto habitado por almas furtivas, ocultas en las mortecinas luces de las ventanas, sintiendo el recelo de desafiar una obscuridad que tiene algo de paz y mucho de solapado mal augurio.

Efectivamente, algo hay en el aire que no es bueno. Será que, por estos días de mayo, todos por aquí sabemos que la llanura comienza a conjurar lémures para practicar sus macabros pasatiempos de invierno...

Un viejo asoma su nariz y rápidamente se refugia entre las tenues paredes de su casa. 

 

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