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Locos de amor

© Juan José Mestre
 

Se amaban con locura. Con una locura que iba más allá de cualquier límite. Tanto era el amor que se profesaban que el mundo exterior se convirtió en una entelequia para ellos. Cultivaban algunas verduras y hortalizas para conseguir su sustento diario. Se oía el cacareo de unas gallinas muy al fondo de su patio. Imagino que también entraban dentro de su dieta, pero nunca pude saberlo a ciencia cierta.
Lo único que se podía ver de su hermosa casona, ahora derruida y con un abandono impuesto por la indiferencia, era una puerta cerrada desde siempre. Lo demás, oculto por una hiedra prodigiosa, se había convertido en uno de los puntos de referencia a la hora de organizar cualquier paseo por el pueblo: la historia de estos locos de amor despertaba toda clase de superchería e ir a corroborarla era casi la obligación de todo fin de semana.
Quienes los habían visto alguna vez aseveraban que eran dos seres bellísimos, pero nunca se tuvo la certeza de ello. Los años acrecentaron de a poco el mito. Los años y la imaginación. Confieso que mil veces llamé a esa puerta. Sólo obtuve silencio como respuesta.
En una época, casi obseso por esa historia que se escondía tras los muros de la casa, intenté saltar la tapia contigua con tan poca fortuna que una defensa rasgó no sólo mi pantalón, sino que atravesó también el muslo.

 


Lo tomé como una señal y jamás lo volví a intentar. Pero siempre flota en mi mente la imagen de esos dos amantes que se olvidaron del mundo para vivir la alucinante experiencia de llegar al frenesí de contar sólo el uno para el otro.
Oculto amor aceptando la entrega absoluta. Aquiescencia de la interdicción para ganar el infinito intramuros. Círculo perfecto de simbiosis. Oscuro destino, plenitud rayana al paroxismo, paz hallada en un santuario ni siquiera deseado. Enigma. Amor. Todo vuelve a comenzar cada vez que la hiedra extiende otro brazo sobre el misterio para no revelar nada más que una decrepitud apenas insinuada.


© Juan José Mestre