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Molino Rojo

© Juan José Mestre
 

Mi viaje de estudios de la secundaria fue de antología. Sorteados todos los inconvenientes económicos y de toda índole que debimos superar, ya estábamos en Carlos Paz. Y en aquella segunda noche de principios de septiembre del ´75 nos aventuramos a visitar el boliche Molino Rojo. Ya a la entrada el asunto comenzó a tomar un tinte surrealista cuando un tipo se quiso levantar a mi vieja. Debo decir, para no faltar a la verdad, que llevaba sus 48 años muy bien puestos: un cuerpo para no desdeñar y su cabello entintado con un implacable color champán rosado la convertían en una muy atractiva mujer (y a mí los celos me consumían). Por suerte pudo esquivar el inconveniente con un tímido “no sé bailar” y seguimos nuestro camino hacia el interior de una noche prometedora. Ya dentro de la música atronadora y la parafernalia lumínica que nos traspasaba el alma, nos separamos y yo –por esas cosas del destino y el vértigo- fui a dar con mi enjuta humanidad a la pista de baile que, a la sazón, estaba totalmente a oscuras. En esa densa penumbra que formaba parte del humo y el delirante ensueño del instante, percibí una escalera que seguramente iría a la parte superior. Sin titubear un segundo, me mandé por la empinada cuesta con mis impecables zapatos charolados. No me costó ningún esfuerzo subir un tercio de ese plano inclinado que me llevaría a descubrir un mundo insospechado. Insospechado fue el grito que me trajo dramáticamente al mundo de lo real: “¡¡¡GUARDA ABAAJOOOOO!!!” y la sombra que se deslizaba rauda hacia mí, dibujaron en mi mente la fatídica imagen de un tobogán. Y fue en ese momento que cobró vida la suela lisa de mis zapatos junto con la ley de Newton y todo aquello que me arrastrara hacia lo profundo de… la pista. Como fuere, caí pesadamente en brazos de un compañero y ambos nos estrellamos inopinadamente contra la pared y sin un rasguño. Pasado el susto, la noche transcurrió sin muchos sobresaltos…