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Yo quisiera quedarme en ese mundo apretado en las paredes celestes de la infancia,
arrebujada en un aire que se disuelve con el calor del
verano, porque, no sé porqué, en la infancia siempre es verano, siempre
hay un velerito de papel y palitos navegando en un charco de ámbar,
siempre hay un bollo plateado de papel de chocolate en el fondo de
un bolsillo. Querer. Y sentir que querer es una margarita a la que se le ponen
los pétalos en lugar de quitárselos, y que son unos ojos empañados
de llanto cuando la mano amiga se posa sobre el hombro para decir
estoy aquí, con vos, porque me necesitás. Darse. Como se dan los hijos,
sin especulaciones: "porque estoy de tu parte". "Porque
me gusta ser tu amiga". "Porque te quiero como sos".
a la cocina a tomar agua, nada mas que
para ver si respira, que no se cumplió, que por suerte no se cumplió… Que quieras porque sí y llores toda la tarde porque te peleaste con
el amigo con el que te vas a reconciliar mañana lo más campante y
olvidado de todo. Porque si no te ponés fuerte y defendés esas cosas
a capa y espada, te van a ir arrancando de ese país de luz, y sin
que te des cuenta, te van a ir metiendo las sombras que dan miedo
de noche, y cuando llegues al lugar en que miro de pie a mi alrededor,
vas a querer huir, irte de vos, refugiarte en cualquiera que sonría,
volver a huir porque hincaron los dientes hambrientos en el pan caliente
de tu pena y en la pulpa de tu alegría y se disputan los huesos de
nácar de tu ingenuidad, la mano abierta, el asombro, ¡Ay el asombro!,
ese milagro, que de repente nos resucita. Por ejemplo: acabo de asombrarme
con un puñado de jazmines chiquitos y blancos que se han abierto en
la enredadera de mi casa. Y han perfumado de tal manera el jardín
que me hicieron pensar en un
derroche de magia. |
Poldy Bird