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Paradojas
Eduardo
Galeano
Un Cerro Chato. Un Arroyo Seco. Un país
que tiene tres millones de críticos de cine y muy pocos
creadores de cine. Un país que tiene tres millones de directores
técnicos de fútbol y cada vez tiene menos jugadores. Un país que
tiene tres canales privados de televisión y los tres trasmiten
los mismos partidos y los mismos informativos a la misma hora.
O una ciudad, como Montevideo, que tiene pocos taxis, y los
taxis hacen el cambio de turno a la misma hora, también, de modo
que la palabra sintaxis ha revelado, Mariano, su origen. Yo te
lo quería decir antes de que entráramos, porque me parece
importante para la lingüística nacional e internacional. ¿De
dónde viene la palabra sintaxis, que algunos dicen que viene del
griego? Viene de Montevideo, y alude a los problemas del
transporte.
Entonces, yo digo: éste es un país de paradojas. El Uruguay es
el reino de la paradoja. Y a primera vista resulta paradójico el
hecho de que un periodista, Samuel Blixen, haya escrito un libro
que tiene alto nivel literario. Y que es, además, un libro de
historia, aunque él no sea historiador. Y aquí discrepo un
poquito con mis dos compañeros presentadores; creo que de algún
modo éste es también un libro de historia, un libro muy
revelador de lo que es la historia del Uruguay en la segunda
mitad del siglo xx. Y no está hecho por un historiador; y está
escrito con alto nivel literario, a pesar de que el autor no es
escritor. O quizás es escritor y no sabe que lo es, como
monsieur Jourdain, el personaje de Molière, hablaba prosa y no
sabía que hablaba prosa.
Pero yo digo: ¿será ésta una paradoja en el país de Carlos
Quijano? ¿O será que el periodismo, entre nosotros, encuentra a
veces expresiones que confirman que la calidad literaria no
depende del formato en el que se ofrece? Yo creo que el libro de
Samuel es un libro muy bien hecho, muy bien armado, muy
ilustrativo, con una enorme cantidad de información que se
brinda al lector sin abrumarlo, y que tiene por tema central
otra paradoja del país de las paradojas: el símbolo de la
dignidad civil en Uruguay es un militar, que se llama Liber
Seregni.
Quizás sea, como la otra, la del periodismo y la literatura, una
paradoja nada más que aparente, porque al fin y al cabo es una
paradoja puesta al servicio de la superación de otras paradojas
que enferman al país. Como por ejemplo, el hecho de que siendo
un país que vive del campo, la población rural quepa en un
estadio; como por ejemplo el hecho de que siendo un país que
tiene más tierras cultivables que el Japón, sea incapaz de dar
de comer a una población 40 veces menor que la japonesa; o el de
que teniendo, como tenemos, una población cinco veces menor que
la holandesa y un territorio cinco veces más extenso, expulsemos
a nuestros jóvenes, y los obliguemos a buscar trabajo y destino
en otros suelos, bajo otros cielos; y como si fuera poco,
después les neguemos el derecho al voto si no tienen la plata y
la posibilidad de venir aquí.
País de paradojas, digo, que tuvo ley de trabajo de ocho horas
antes que Estados Unidos. Y hoy, ¿qué uruguayo puede ganarse la
vida trabajando nada más que ocho horas? País de paradojas, que
tuvo voto femenino antes que Francia. La mujer uruguaya votó por
primera vez 14 años antes de que por primera vez votaran las
mujeres en Francia. Y hoy las mujeres tienen en la vida política
nacional un valor simbólico: la izquierda, el centro y la
derecha, en eso estamos todos más o menos igual, ofrecemos el
espectáculo de alguna que otra ministra, alguna que otra
legisladora, como el antise-mita presenta, para disculparse, a
su amigo judío.
País de paradojas, digo, donde los asesinos de Zelmar Michelini
y Héctor Gutiérrez Ruiz pueden pasearse tranquilamente,
impunemente, por calles que llevan el nombre de Zelmar Michelini
y de Héctor Gutiérrez Ruiz. País de paradojas donde muchos
políticos denuncian, en los más airados términos, la
ineficiencia del Estado, después de que esos mismos políticos, o
por lo menos sus partidos, han hinchado al Estado de parásitos y
de burócratas inútiles que ejercen la viveza criolla a costa del
país.
País de paradojas donde muchos políticos también convocaron al
golpe de Estado, y hasta lo hicieron, y después se quejaron de
sus propios actos. Un golpe de Estado que no sólo tuvo por
víctimas a los civiles, sino también a unos cuantos militares.
No sólo al general Liber Seregni, sino a muchos militares a los
que yo quiero rendir homenaje esta noche, porque tuvieron y
tienen, como el general Seregni, sentido del honor y amor al
país. Y por amor al país, amor a esta tierra y a su gente, se
negaron a obedecer los dictados de la llamada doctrina de la
seguridad nacional, que los obligaba a convertirse en verdugos
de su propia tierra y de su propia gente.
La verdad es que el libro abunda en historias útiles para
entender un poco mejor y en profundidad el proceso de todos esos
años que
tuvo,
que encontró en Seregni un símbolo de dignidad democrática. El
libro es de algún modo la historia de un militar que fue
considerado traidor por sus pares, cuando sus pares estaban
traicionando al país; y que fue degradado por ellos al mismo
tiempo que el pueblo lo consagraba, porque en los años del
terror él encarnó a un sector importante del ejército nacional,
civilista, legalista y respetuoso de la Constitución y de la
ley.
Yo digo: esa energía y esa voluntad democrática y ese sentido de
la dignidad civil, que han convertido a Seregni y a la vida de
Seregni en un símbolo nacional, tienen mucho que ver con la
voluntad de cambio. Querer al país para cambiarlo; querer al
país para que el país pueda ser lo que el país quiso ser en los
tiempos lejanos en que fue fundado: una casa de todos y no una
cárcel de barrotes invisibles para la mayoría de sus habitantes
que viven, de alguna manera, presos de la necesidad o de la
desesperanza.
Por amor, necesidad de cambiar las cosas a partir de una certeza
de amor. Como en un brevísimo poema de un poeta alemán, que leí
en estos días y que copié para leérselos a ustedes. El poeta,
que se llama Reinner Kuntze, dice que vive en su país encerrado
entre paredes. Siente opresivo su país, como muchas veces
nosotros sentimos opresivo el nuestro, tal como está organizado,
o mal organizado, tan paradójico, tan patas arriba que camina y
tan condenado a las rutinas sucesivas, a la mediocridad sin
remedio. Muchas veces nosotros también lo sentimos como una
especie de prisión. Y este poeta alemán lo dice muy bien, dice:
"Encerrado entre estas paredes, entre estas palabras, en esta
cárcel, donde -dice- una y otra vez volvería a nacer". Me
pareció bellísimo, porque yo soy de los que creen que sí, que
como decía Mariano recién, en el 71 nació algo más que un
movimiento político, nació de algún modo otro país, otro país
que está dentro de éste, que está en la barriga de éste, un país
verde que está en la barriga del país gris. Y en aquellos
tiempos muy difíciles, cuando el miedo era mucho, y mucha la
violencia, en los tiempos en que el Frente nació, el libro
recoge una frase que una muchacha escribió en un pizarrón y que
me parece estupenda, y que creo que tiene toda la vigencia del
mundo. La muchacha escribió: "Mil miedos juntos hacen un solo
gran coraje". Y yo creo que éste era el sentido que el Frente
tenía cuando nació, y éste es el sentido que el Frente tiene: un
solo gran coraje que resulta de la unión de muchos mieditos
dispuestos a luchar contra el miedo de ser, contra el miedo de
recordar, contra el miedo de cambiar, y que así van formando un
solo coraje grande, destinado a hacer posible que el parto por
fin ocurra, que ese país generado dentro del otro país pueda por
fin dar sus primeros pasos.
Cuando volví del exilio vi en la calle Rodó un graffiti de mano
anónima, como todos los graffitis, que decía: "Hay un país
distinto en algún lugar". Pensé, y lo pienso todavía: sí, hay un
país distinto en algún lugar y ese lugar es aquí, y es aquí
gracias a las muchas mujeres y a los muchos hombres que tienen
en hombres como Seregni su más certero símbolo.
Yo le quiero decir a él, como Gerardo: gracias. Y le quiero
decir también gracias a Samuel Blixen por habernos ofrecido, de
tan linda manera, sus trabajos y sus días.
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