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Temor reverencial

© Juan José Mestre
 


Eran como las cinco de la tarde. De pronto, entre el silencio del sábado y el débil murmullo de la tele amortiguada por la penumbra de la casa y la modorra sabatina, una carcajada irrumpe con la sorpresa de lo inesperado. Y vaya si era inesperado… ¿Roberto Martino, el hombre que inspiraba temor reverencial en todo el foro venadense por su rectitud y bonhomía, era capaz de reírse con tanto desparpajo? Cuando fuimos con Leticia a averiguar el motivo de tan inusual hecho lo hallamos casi descompuesto de la risa, desparramado sobre el sofá frente al televisor. Cuando pudo recomponerse un poco, rebobinó el filme que estaba viendo y nos mostró la escena. Cuatro forajidos, en medio del desierto de Arizona, discutían y se culpaban entre ellos porque una Studebaker toda destartalada se había quedado sin combustible mientras uno orinaba tranquilamente dentro del tanque de nafta.
Comienzo mi semblanza de esta forma porque tal vez sea la parte menos conocida de este hombre ejemplar, de voz un poco ronca, con un alto grado de autoridad que imponía a fuerza de su sola presencia, conducta sin igual y palabra serena.

Debajo de esa apariencia adusta podía adivinarse una ternura y sensibilidad sin iguales. Callado, introspectivo, usaba la palabra solo cuando era necesario. Y cuando la usaba, era para decir lo exacto, justo e inexcusable. De tono afable, no dudaba en ponerse recio si era menester hacerlo.


Guardo de él muchos recuerdos. Pero uno me marcó a fuego. Una noche, andaba yo sin rumbo fijo y se me ocurrió ir a ver si Leti había vuelto de Rosario ya que era viernes. Me recibió con un whisky y pasamos un buen rato charlando. El devenir de la conversación nos llevó a Leticia y, de pronto y no sé cómo, me dijo con lágrimas en los ojos: “Estoy orgulloso de mi hija”. Semejante confesión, inesperada por provenir de él –tan poco afecto a hacerlas- fue el indicativo del inmenso amor que sentía por ella. Es que era un ser con una inmensa capacidad de ternura.

Con un sentido de lo correcto que muy pocos poseen, se jugó por entero durante la dictadura: presentaba hábeas corpus todas las semanas por los desaparecidos de Venado.

Roberto Martino, un hombre que me enseñó muchas cosas con solo observarlo. El hombre que terminó escondido junto con mi padre debajo de la mesa del Comité Radical en aquellas épocas en que siempre las cuestiones políticas se resolvían con un chumbo.


© Juan José Mestre

 



 


 

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