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Una tarde perfecta

© Juan José Mestre
 

Llegamos, mi madre y yo, alrededor del mediodía a la casa de Gustavo Tisocco en Buenos Aires. El anfitrión ya estaba horneando chipás con queso y, mientras terminaba con su primera tanda, compartimos unos mates. El almuerzo fue una ingente cantidad de esos panecillos regados con un excelente vino. Los demás invitados fueron arribando de a poco y, por cada uno de ellos, salía una nueva horneada. Así, fue transcurriendo la tarde entre charlas con la música de la preciosa discoteca de Gus, las serigrafías de Beatriz Martinelli, Silsh cantando en voz baja los tangos de Goyeneche, la simpatía de Aletse Santiago hablando de los pájaros de Cancún, las ganas de bailar chamamé de Cris Chaca, los sueños de Karina Sacerdote, la poesía, la amistad, los comentarios de la noche anterior en el Centro Cultural General San Martín… En las estribaciones del ocaso, salimos en estado de gracia, con una sensación de calidez que nos unió para siempre. Fue una tarde perfecta y mucho más: un ensueño dorado en la fría jornada de mayo. Es que mayo tiene –aun con sus destemplanzas- ese encanto otoñal, poético como pocos.

© Juan José Mestre