Búsqueda personalizada

 

 

 

El primer sueño: La Semilla

 

 

Jonás Diego Villarrubia Ruiz

                                              

 

                                                                Capítulo perteneciente a Recuerdos de un náufrago

                                                                      (gracias a mi querido amigo Jonás por su

                                                                        participación   en Rincón del Poeta )

                                                                         http:// www.elnuevolibro.com

 

 

  Es curiosa la falsa realidad que se encuentra uno en los sueños, confunde qué es lo real y qué es ilusión. Parece que dentro de ese plano o dimensión del sueño uno piensa, convencido, que lo que acontece pertenece a la misma vida consciente. A pesar de verse... Como en aquél en el que era una simple semilla. Fue algo que me dejó durante un tiempo en qué pensar. Ocurrió en el sueño que...
En él avanzo por un camino... ¡no! ¡Qué lastima, hasta la memoria ya me juega malas pasadas! Era... Estoy en un sendero construido al paso de los carros y de los labriegos. Me encuentro en el interior de... ¡Sí! Creo... Estoy convencido que soy una simple semilla de violeta atrapada en el interior de la tierra. El día anterior, y por causa de una ráfaga de viento, fui a parar entre la lana de una oveja y aferrada a ella llegué hasta este lugar. Fue cuando el animal se sacudió que caí y me introduje entre la tierra del camino; luego, los niños, al salir de la escuela, de regreso a casa y mientras jugaban, me pisaron con las botas y me hundieron en la húmeda tierra.
 

La noche ha sido muy fresca. Al amanecer el rocío ha vuelto a humedecer la tierra que me cubre. Se ha filtrado y me ha empapado como si fuera una esponja. La tierra y el agua producen un efecto de alarma en mi metabolismo y activan mis enzimas y las hormonas: auxinas y citocininas se ponen a trabajar y provocan mi crecimiento. Noto cómo se inicia una metamorfosis y mi estructura interior se va dividiendo célula a célula. Es mucha la actividad, la agitación, la efervescencia a la que estoy sometido. Percibo como si algo grandioso se estuviera forjando en mi interior, algo que trata de salir con una fuerza tremenda, que busca la salida tanteando a ciegas todo lo que me rodea y que no se detendrá hasta alcanzar la luz. Paralelamente comienzo a estirar los brazos, las piernas. ¡Qué digo! Son raíces que surgen de mi pequeña estructura y que escarban el suelo hostil hasta fijarse como anclas a la tierra. Con ellas bebo lentamente las gotas del rocío y toda la humedad que puedo, bombeándola desde los capilares hasta el apéndice superior que crece y asciende, al cobrar energía y reponer las fuerzas. Casi a punto de alcanzar el exterior detecto el calor. El Sol ha calentado la tierra que me cubre, no mucho pero lo suficiente para obligarme a un esfuerzo final. Surjo al fin y contemplo cómo mi silueta, de forma casi imperceptible, muy discreta, comienza a forma parte del paisaje, allí, a ras de suelo.
El sol, al acariciar mi fibrosa piel, la estimula hasta que empiezan a brotar de ella verdes apéndices: son las hojas. La metamorfosis casi ha concluido. Percibo cómo van adquiriendo un tono verde más oscuro y de entre ellas, en el extremo superior, surge un pequeño capullo que florece rápidamente.

 Capto a través de las fibras que conforman mi cuerpo los ruidos que hace al despertar el pueblo cercano. Es una vibración pausada, profunda y yo diría que hasta extraña. Tengo miedo. La siento tan dentro que hace que tiemble todo mi cuerpo. Mientras tanto termina de formarse la flor que surge de mí y se abre. La vibración aumenta.

 Es como si la fuente que la produce estuviera mucho más cerca. La flor se colorea. A través de ella percibo el cielo y la naturaleza que me rodea. Puedo sentir a mi lado a otras compañeras como yo y en ellas reparo, como si fueran un espejo, que somos de gran belleza.
La tierra cruje muy fuerte, todo se mueve a mi alrededor. Y tras sentir un dolor acerado...

Ya no soy una semilla, no sé lo que soy o en qué me habré convertido. Pero todavía puedo sentir y contemplar el aire, el Sol, el cielo que continúa avanzando hacia el mediodía, los campos y a un hombre alejándose. Yo no existo. Presiento que ya no existo.

Las botas del labriego se han posado sobre mi cuerpo y lo han aplastado, dejando en su lugar una mezcla verdosa de fibras muertas.
Mientras el labriego se acercaba, antes de que me pisara, pude percibir que, al sacar de su bolsa el desayuno, se le cayeron unas semillas de trigo que llevaba en el interior, sin darse cuenta, y entre ellas, también, una de violeta. Una vez más comienza el día. El Sol despunta ya en el horizonte. Soy de nuevo una semilla que ayer un labriego pisó, enterrándola y que ahora la humedad...
Despierto. No comprendo el sueño. Sé que algo intenta decirme el subconsciente. Los sueños, a veces, se comportan de una forma matemática; en ellos se efectúan enrevesados cálculos y combinaciones de todo lo que te ha acontecido anteriormente y de ellos surge, como resultado, esa historia onírica que nos parece una vivencia. Pero ahora no tengo fuerza para pensar en él ni para desentrañarlo.
La mar sigue ahí. Sólo hay... ¡Agua, agua y...! ¡Cielo!
—Tengo sed. ¡Diablos!
Contraigo mi rostro y por un momento estoy casi a punto de gritar. ¿Pero sirve de algo? Nadie va a escucharme. Dejo caer el cuerpo en el asiento del bote. Contemplo el agua salada. Me asalta la tentación de beberla. Pero sé muy bien que si lo hago me creará... No sé... Ahora no recuerdo; era una enfermedad con un nombre muy enrevesado, pero bueno... ¡Qué más da! El caso es que dicen los del pueblo que el salitre mata mucho más rápido que lo hace la sed y que consume las pocas reservas de agua que el cuerpo tiene, al intentar eliminarla. Además aumenta la sensación de sed hasta provocar la locura. Y eso me produce terror, una extraña sensación de miedo que frena la tentación y me impide sucumbir a ella.
Dejo caer los brazos muertos sobre las piernas, mientras vuela libre de nuevo la imaginación.

 

 



                                                                

                                                                     

 

 

Volver al Menú de Cuentos

Próximo Cuento