¿Nadie
muere en las vísperas?
S
altó
de nalgas sobre la tapa de la valija y arrastró los cierres a
cada lado hasta que logró
unirlos entre sus piernas.
-- ¡Me hartaste!
Me estupidiza hablar siempre de lo mismo y que no entiendas
nada.
Se bajó de la
valija y la asió con visible nerviosismo, la puso contra una
pared en la salita.
-- ¡Me voy! Me
cansé de hablar con neuronas depresivas y muertas. Y esto,
tiene que ver con la amistad. Ya no me considero tu amiga. ¡No
puedo! Imposible ver amistad entre tanto egoísmo. Tooodo
tiene que ser como vos querés... ¡tooodo! Si no, la
princesa, se deprime... La princesa, llora. Niña tan rica
como estúpida. ¡Basta!
En posición fetal
sobre el sillón de la salita, Matilda, sollozaba y escuchaba
la airada despedida de su compañera de cuarto. Iba a lamentar
que se fuera. Jorgelina era su única amiga y tenía razón.
Odió el darse cuenta de sus errores en medio de una crisis.
Pero era orgullosa, eso le hacía porfiar sus puntos de vista
hasta que la paciencia de Jorgelina llegaba al límite de la
tolerancia. Como hoy. Sólo que... Jorgelina jamás había
hecho sus valijas antes. Y lo que era aún peor, ella había
tirado la ropa dentro sin preocuparle que se arrugara... Todo
un signo de su determinación.
-- Por la noche, ni
bien tenga un lugar donde alojarme, paso a buscar la
valija. -El golpe de la puerta contra el marco le indicó
el nivel de la ira de su compañera cuando al fin se fue. Quizá,
por la noche, cuando volviera por la valija, estuviera más
calmada y pudiera pedirle perdón.
En la vereda Jorgelina se
detuvo y respiró profundo... sentía pena y arrepentimiento.
Quizá, por la noche, cuando volviera por la valija, más
calmada, le pediría perdón.
... - ...
El remis se detuvo
y el chofer encendió la luz interior. Jorgelina ya tenía no
obstante el dinero preparado para pagarle. Descendió del vehículo
y miró hacia la planta alta. Una sombra pasó rauda cerca de
la ventana y a los pocos segundos la luz del cuarto se apagó.
Como en otras oportunidades en que Matilda permanecía montada
sobre su orgullo, de seguro fingiría estar durmiendo
para no hablar.
-- En fin! -suspiró-
Con sigilo, haciéndose
parte de la comedia, abrió la puerta del cuarto para tomar la
valija que había dejado en la salita. Por un segundo contuvo
el impulso de encender la luz y desenmascararla, pero no tenía
el menor sentido hacerlo... Así que tomó su valija y se
marchó, por la mañana volvería por lo demás.
8.30 sonó el
celular. Lo tanteó con los ojos cerrados por sobre la mesita
de luz y se incorporó en la cama para atender. El
identificador detecto el celular de Matilda. Una sensación de
inquietud se mezcló con la saturación de ayer al
recordar los vaivenes en el carácter de su compañera.
--¿Hola?
--¿Es usted
Jorgelina Burgos?
--Si...
--Soy el sargento
Montero y debería hablar con usted ahora mismo, ¿dónde se
encuentra?
--Señor Montero,
estoy muy asustada... esta llamada desde el celular de mi
amiga hecha por usted...
--Señorita, siento
decirle que hay motivos para su alarma, ¿en que sitio se
encuentra?
--En una pensión,
calle Viamonte 363.
--En segundos un móvil pasará
por usted, le ruego venga a verme donde yo estoy.
El móvil se dirigió
al lugar donde por dos años había convivido con Matilda. En
las inmediaciones deambulaban una decena de policías cerca de
varios móviles con sus luces de techo encendidas. También
había una ambulancia. Jorgelina se aterró, tanto despliegue
sólo podía significar que su amiga estaba muerta... La
barbilla le comenzó a temblar preludiando el llanto. Un
oficial le abrió la puerta del móvil para que ella
descendiera. Alguien más la tomó por debajo de la axila al
ver que sus piernas temblaban. Le trajeron una silla.
--¿Matilda está...
?
--Lo lamento mucho.
-Dijo solemne el sargento Montero. La han asesinado.
-Jorgelina no pudo contener el vómito. --Es preciso que entre
con nosotros a la habitación, hay algo que quizá usted pueda
aclararnos.
La puerta de
entrada al cuarto estaba vallada con una faja roja, el
sargento la levantó para que ambos pudieran entrar. Más allá
de la salita de entrada, trasponiendo la arcada, todo era un
revoltijo. El sargento la condujo lentamente hacia la habitación
donde se encontraba su cama y la de Matilda. En el centro, un
bulto bajo una sábana revelaba la forma de un cuerpo que
parecía estar en horrible contorción. Por un extremo una
mano pequeña estaba descubierta y ensangrentada. Nuevamente
tuvieron que asirla de las axilas para sostenerla. Le pidieron
que mirara el espejo sobre una de las paredes del cuarto, allí,
el asesino había dejado una leyenda escrita con la
propia sangre de su víctima. Jorgelina levantó su cabeza y
leyó ...
" Si hubieses
encendido la luz...estarías junto a ella! ".
Marcelo Ferrer