Julia Prilutzky Farny

Me pregunto si es este, ya el comienzo

de una tremenda espera:

la de acechar tu paso en los umbrales

tu voz en lo rumores que se alejan

tu fantasma perdido en multitudes.

Me pregunto si es este, ya, el principio

de toda incertidumbre,

de un comenzar a estar en otro lado,

en cualquier parte menos en mi misma.

Si habrá de continuar este terror

de saber que te pierdo en cada esquina

porque las calles se abren duramente

como cruces.

 

 
 
Dialogo con la soledad
 
Vuelves a estar. Estas. Yo no sabia
pero estuviste siempre, sin ausencia.
Se desvelaba en vano mi impaciencia:
tu andar era mi andar. No te veía.
 
Todo fue luz. Y luego, la sombría
zona de horror que el corazón silencia.
Y el corazón olvida, que hay urgencia
de olvidar. Y la noche se hace día.
 
Todo fue tan perfecto y esperado
desde el gesto inicial al señalado,
hasta mi sangre en otra transcendida.
 
Te di mi hostilidad, mi disonancia,
mi dolor y mi voz en la distancia.
Te di mi muerte. Y hoy, te doy mi vida.
 
 
Esta bien. Seré dulce y obediente
o lo pareceré. Te da lo mismo:
necesita, de pronto, tu egoísmo
que yo me quede así, sumisamente,
 
sin sufrir, sin dolor, sin aliciente,
sin pasiones al borde del abismo,
sin mucha fe ni un gran escepticismo,
sin recordar la esclusa ni el torrente.
 
Necesitas las llamas sin el fuego,
que el juego del amor no sea un juego
y que este el rayo aquí, sin la tormenta.
 
Quieres que espere así, sin esperarte,
que te adore también sin adorarte
y estar clavado en mi, sin que te sienta.
 
 
Gris y mas gris. No estas, y yo estoy triste
de una tristeza apenas explicable
con palabras, y de una imperturbable
soledad, que por ti nace y existe.
 
Siempre de gris, mi corazón se viste:
polvo y humo, ceniza abominable
y la envolvente bruma irrenunciable
que estaba ayer. Y hoy. Y que persiste.
 
Gris a mi alrededor. Contra mi mano
la nube espesa se va abriendo en vano
porque el fuego que soy, no esta encendido
 
y hay niebla en lo que miro y lo que toco.
Ah, yo no se... Tal vez te odio un poco
porque esta gris y llueve  y no has venido.

 

Tal vez no sepas nunca cuando y como

quise salvar mi amor, tu amor. El nuestro.

Una vez será tarde.

Yo presiento

esa herida que avanza,

ese cierto dolor de no querernos.

Como decirte ahora:

mírame aun, así, trata de verme

como soy, duramente.

Con mi ternura. Claro, y mis tormentas.

Como decirte: sálvalo, si quieres

y cuídalo. Se te ha ido de las manos,

se me va de la sangre y no regresa.

Como decirte que te quiero menos

y que quiero quererte como entonces.

Y que entiendas

y no te encierres mas.

Y me dejes creer en ti, de nuevo.

Como decirte nada.

Un día será tarde. Tarde y lejos.

 

 
Cuando el amor me llame y no me encuentre,

cuando la voz reclame el eco antiguo,

cuando aquel corazón desordenado

se vuelva contra ti en un alarido,

cuando sean inútiles los hombros

y las manos pesadas de caricias

se desplomen ardientes en la tierra

sin saber de tu noche ni tu día,

cuando el agua con sal de los terrores

fluya de ti, quemante y enemiga,

cuando los pasos queden sin rescate

y tu sangre este sola y ya perdida,

cuando el ángel sombrío cierre el muro

y ya no puedas ver sino la herida

de tus palmas lamiendo desgarradas

es frontera fría.

Yo se.

Como se hoy, tu soledad de entonces,

tu sola soledad definitiva.

 

 

Dile que no me tema, amor, y dile

que yo estoy a su lado como el aire,

como un cristal de niebla o como el viento

que se aquieta en la tarde.

Dile que no me huya, amor, y dile

que no me vuelva a herir, que no me aparate,

que soy el brillo húmedo en sus ojos

y el latido en su sangre.

Dile que no me aleje, amor, y dile

que yo soy el umbral de sus morada,

y agua de su sed

y aquel único pan para su hambre.

Dile que no se oculte, amor, y dile

que ya no tenga rostro ni señales

de haber vivido antes de quererme.

De haber vivido, antes.

Dile que no recuerde y dile

que no respire, amor, sin respirarme.

 

 
Hoy vuelvo a estar serena. Todavía,
me quedaba un rencor... Hoy, sin recelo,
mi vida puedo alzar, quitarle el velo
y mecerla otra vez: no esta vacía.
 
Nos desunió tu tedio y mi porfía:
vivir es tan difícil cuando al suelo
sujeto el paso esta, la vista al cielo...
Ya no importa: la ruta es siempre mía.
 
Fui yo quien entono la acongojada
canción que hoy no nos dice nada, nada?
Se alejo de nosotros, ha partido
 
el pasado: no hay miedo que importune.
Nos separo el recuerdo. Y hoy nos une
definitivamente, nuestro olvido.
 
 
Yo no soy mas que un grito.

y no hay nadie,

nadie para escuchar mi voz, ahora.

Yo no soy mas que un grito,

un rostro que se mira en los relojes

y no se reconoce.

Yo soy un alarido. Yo me escucho.

Yo me oigo gritar, y nadie oye.

Así, como una fiera enloquecida

mi corazón, golpea contra el muro

y un pájaro asustado

late en mis sienes otra vez.

De nuevo.
 
 
Tu duermes, ya lo se. Yo estoy velando.

No importa que estés lejos, que no escuches

tu cadencia en la sombra,

no importa que no pueda

pasar mi mano sobre tu cabeza,

tus sienes y tus hombros.

Yo estoy velando, siempre.

No importa que no pueda acurrucarme

para que tu me envuelvas sin saberlo,

para que tu me abraces sin sentirlo,

para que me retengas

mientras yo tiemblo y digo simplemente

palabras que no escuchas.

Yo puedo estar tan lejos

pero sigo velando cuando duermes.
 
 
No estoy triste. Apenas si es la tarde

y vuelvo a estar contigo, soledad:

eras la cosa cierta,

que no deja de estar.

La ausencia del amor ya no es el llanto:

apenas la sonrisa. Nada mas.

Sobre las horas quietas

mi cansancio se arrastra sin cesar.

Después vendrá la noche

y a mi costado fiel se tendera.

Mi cabeza reposa para siempre

sobre tu pecho tibio, soledad.

Era el amor, tal vez. Era el misterio,

era el volver de pronto a mi verdad

pero es mas fuerte el miedo:

no quiero que me importe nada, ya,

ni mirarme en relojes como espejos.

Ya no quiero llorar.

 
 
  Porque la tarde es gris y todos hablan
yo escucho dilatarse un gran silencio.
Las gentes van juntando mas palabras:
yo no se de sus voces ni sus ecos.
Los árboles se alejan lentamente
entre la tibia niebla del paseo
mientras las frases caen como gotas
y apenas van cambiando los acentos.
Porque la tarde se va haciendo noche
y los pájaros se hunden el la sombra:
aun los oigo cantar, ya no los veo.
Tanto sonido inútil, derramado
si dos palabras bastan hoy:
te quiero.
 
 
 

 

 

 

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