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 Desván de Rincón del  Poeta

 

Amado Nervo

 

    

Andrógino

 

Por ti, por ti, clamaba cuando surgiste,

infernal arquetipo, del hondo Erebo,

con tus neutros encantos, tu faz de efebo,

tus senos pectorales, y a mí viniste.

 

      Sombra y luz, yema y polen a un tiempo fuiste,

despertando en las almas el crimen nuevo,

ya con virilidades de dios mancebo,

ya con mustios halagos de mujer triste.

 

      Yo te amé porque, a trueque de ingenuas gracias,

tenias las supremas aristocracias:

sangre azul, alma huraña, vientre infecundo;

 

porque sabías mucho y amabas poco,

y eras síntesis rara de un siglo loco

y floración malsana de un viejo mundo.

 


Después

Te odio con el odio de la ilusión marchita:

¡Retírate! He bebido tu cáliz, y por eso

mis labios ya no saben dónde poner su beso;

mi carne, atormentada de goces, muere ahita.

 

      Safo, Crisis, Aspasia, Magdalena, Afrodita,

cuanto he querido fuiste para mi afán avieso.

¿En dónde hallar espasmos, en dónde hallar exceso

que al punto no me brinde tu perversión maldita?

 

      ¡Aléjate! Me invaden verguenzas dolorosas,

sonrojos indecibles del mal, rencores francos,

al ver temblar la fiebre sobre tus senos rosas.

 

No quiero más que vibre la lira de tus flancos:

déjame solo y triste llorar por mis gloriosas

virginidades muertas entre tus muslos blancos.



Sonetino

 

Alba en sonrojos

tu faz parece:

¡no abras los ojos,

porque anochece!

 

  Cierra -si enojos

la luz te ofrece-

los labios rojos,

¡porque amanece!

 

  Sombra en derroches,

luz: ¡sois bien mías!

Ojos oscuros:

 

  ¡ muy buenas noches!

Labios maduros:

¡muy buenos días!





Noche ártica

 

En el cenit azul, blanco en el yerto

y triste plan de la sabana escueta;

en los nevados témpanos violeta

y en el confín del cielo rosa muerto,

 

      despréndese la luna del incierto

Sur, amarilla; y en la noche quieta,

de un buque abandonado la silueta

medrosa se levanta en el desierto.

 

      Ni un rumor... el Silencio y la Blancura

celebraron ha mucho en la infinita

soledad sus arcanos esponsales,

 

      y el espíritu sueña en la ventura

de un connubio inmortal con Seraphita

bajo un palio de auroras boreales.


Abanico

 

Flamean coruscantes las chaquetillas,

la luz sobre las ropas tiembla y resbala,

y fingen pirotecnias las banderillas

y auroras las bermejas capas de gala.

  

 El sol arde en los gajos de las sombrillas,

el clarín su alarido de muerte exhala,

y el diestro, ante los charros y las mantillas,

a la bestia que muge brinda y regala.

  En tanto una damita, toda nerviosa,

se cubre con las manos la faz hermosa

 

que enmarcan los caireles de seda y oro,

   y entreabre en abanico los leves dedos,

para ver tras aquella reja, sin miedos,

cómo brota la noble sangre del toro.

 




Si una espina me hiere

¡Si una espina me hiere, me aparto de la espina...
pero no la aborrezco!
Cuando la mezquindad envidiosa,
en mí clava los dardos de su inquina,
esquívase en silencio mi planta, y se encamina
hacia el más puro ambiente de amor y caridad.

¡Rencores! ¿De qué sirven?
¿Qué logran los rencores?
Ni restañan heridas, ni corrigen el mal.

Mi rosal tiene apenas tiempo para dar flores
y no prodiga savias en pinchos punzadores:
Si pasa mi enemigo cerca de mi rosal
se llevará las rosas de más sutil esencia,
y si notare en ellas algún rojo vivaz,
¡será el de aquella sangre que su malevolencia  de ayer,
 vertió, al herirme con encono y violencia,
y que el rosal devuelve, trocada en flor de paz!

 
 
En paz

Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;

porque veo al final de mi rudo camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino;

que si extraje la miel o la hiel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:
cuando planté rosales, coseché siempre rosas.

Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno:
¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!

Hallé sin duda largas noches de mis penas;
mas no me prometiste tú sólo noches buenas;
y en cambio tuve algunas santamente serenas...

Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!

 

Gratia Plena

Todo en ella encantaba, todo en ella atraía
su mirada, su gesto, su sonrisa, su andar...
El ingenio de Francia de su boca fluía.
Era llena de gracia, como el Avemaría.
¡Quien la vio, no la pudo ya jamás olvidar!

Ingenua como el agua, diáfana como el día,
rubia y nevada como Margarita sin par,
el influjo de su alma celeste amanecía...
Era llena de gracia, como el Avemaría.
¡Quien la vio, no la pudo ya jamás olvidar!

Cierta dulce y amable dignidad la investía
de no sé qué prestigio lejano y singular.
Más que muchas princesas, princesa parecía:
era llena de gracia como el Avemaría.
¡Quien la vio, no la pudo ya jamás olvidar!

Yo gocé del privilegio de encontrarla en mi vía
dolorosa; por ella tuvo fin mi anhelar
y cadencias arcanas halló mi poesía.
Era llena de gracia como el Avemaría.
¡Quien la vio, no la pudo ya jamás olvidar!

¡Cuánto, cuánto la quise! ¡Por diez años fue mía;
pero flores tan bellas nunca pueden durar!
¡Era llena de gracia, como el Avemaría,
y a la Fuente de gracia, de donde procedía,
se volvió... como gota que se vuelve a la mar!

 

Biografía de Amado Nervo

 

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