Cuando hemos realizado la tarea que hemos venido a hacer en la Tierra, se nos permite abandonar nuestro cuerpo, que aprisiona nuestra alma al igual que el capullo de seda encierra a la futura mariposa.

Llegado el momento, podemos marcharnos y vernos libres de dolor, de los temores y preocupaciones, libres como una bellísima mariposa, y regresamos a nuestro hogar, a Dios.

                   Carta de un niño enfermo de cáncer.

 

                                                       (Consejos a mi hija)

El día que  me vaya
no llores,
no pongas flores, cruces,
ni lápidas en un camposanto.
Enciende una vela
para iluminar mi camino
de regreso al Creador.
Recuerda los momentos buenos
y mis aciertos
porque he cumplido la misión
por la cual vine a esta tierra.
El día que me vaya
echa al viento mis cenizas 
que la tierra sea mi última morada
para formar parte de la savia de los árboles,
junto al canto de los pájaros.

El día que me vaya
no llores hija mía, sonríe,
y si una lágrima furtiva escapa
solo piensa que tu madre descansa.
El día que yo me vaya
canta una dulce plegaria,
porque ha alcanzado la libertad 
que tanto ansiaba mi alma.


                                  Cris Carbone

    23/4/2003
                    


 

 

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