Fuertes
raíces
me aferran a la tierra de mis ancestros,
sin poder avanzar
con los pies cansados y sin rumbo.
La piel, petrificada se confunde con el
paisaje
minimizando mi presencia,
en esta ciudad desolada y gris
de amaneceres sin sueños.
Majestuosa me yergo
con los brazos hacia el cielo en posición
de súplica.
Ramas fuertes dan abrigo
a la vida que se cobija en mí.
Un torrente de savia nueva y bendecida
recorre el cuerpo de esta mujer cansada,
pero sabia.
Han crecido hojas en esta primavera:
ellas auguran un futuro
de reconciliación con esta honda pena.
Un pájaro canta una dulce melodía
sin importar la ausente belleza,
sólo el alma.
He
florecido.


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