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He ido
marcando con cruces de
fuego
el
atlas blanco de tu
cuerpo.
Mi
boca era una araña que
cruzaba
escondiéndose
en
ti, detrás de ti,
temerosa, sedienta.
Historias
que contarte
a
la orilla del crepúsculo,
muñeca
triste y dulce,
para
que no estuvieras triste
un
cisne, un árbol
algo
lejano y alegre.
El
tiempo de las uvas, el
tiempo
maduro
y frutal.
Yo
que viví en un puerto
desde
donde
te amaba
la
soledad cruzaba de sueño
y de silencio.
Acorralado
entre el mar y la
tristeza.
Callado,
delirante,
entre
dos gondoleros
inmóviles.
Entre
los labios y la voz,
algo
se va muriendo.
Algo
con alas de pájaro,
algo
de angustia y de olvido.
Así
como las redes no
retienen el agua.
Muñeca
mía,
apenas
quedan gotas temblando.
Sin
embargo, algo canta
entre
estas palabras fugaces.
Algo
canta, algo sube hasta
mi ávida boca.
Oh
poder celebrarte
con
todas las palabras de
alegría.
Cantar,
arder, huir,
como
un campanario
en
las manos de un loco.
Triste
ternura mía,
¿que
te haces de repente?
Cuando
he llegado al vértice
mas
atrevido y frío
mi
corazón se cierra
como
una flor nocturna.

Recita:
Juan José Torres. |