Llega un día en que la poesía se hace sin
lenguaje, día en que se convocan los grandes y
pequeños deseos diseminados en los versos, reunidos
de súbito en dos ojos, los mismos que tanto
alababa en la frenética ausencia de la página en 
blanco.

                                                 Alejandra Pizarnik

Alejandra Pizarnik nació en Buenos Aires en 1936. Su obra, una de las más importantes de la lengua castellana por su potencia y su originalidad, contiene 6 libros de poesía: "La última inocencia" (1956), "Las aventuras perdidas" (1958), "Árbol de Diana" (1962), "Los trabajos y las noches" (1965), "Extracción de la piedra de la locura" (1968), "El infierno musical" (1971). A este corpus sobresaliente y compacto se le sumó una edición póstuma de "Textos de sombras y últimos poemas" (1968) que reúne su obra publicada en revistas desde 1963 y poemas del final de su vida, inéditos hasta entonces.

La primera antología de su obra fue "El deseo de la palabra" (edición española de 1975). Su libro "Nombres y figuras" (compilación española de su prosa) nos indica que Pizarnik no sólo indagó en los campos de la lírica sino que su obra abarca desde un increíble ensayo poético-narrativo "La condesa sangrienta" (1967), hasta artículos dedicados a Julio Cortázar, Silvina Ocampo, André Bretón y Antonin Artaud. Obtuvo las becas Guggenheim y Fullbright. Tradujo a Henri Michaux, Aime Cesaire, el mencionado Artaud e Ives Bonnefoy.

 

De ella dijo Silvia Barón Supervielle: "Su obra está fuera del tiempo y de las corrientes estéticas. Una punzante, urgente necesidad interior la empuja a imbricarse en la forma de sus poemas breves, como su vida, sus frases netas y negras, sus palabras cinceladas".

El cuerpo de su trabajo como itinerario de una existencia desgarrante es una verdadera cumbre de las letras castellanas, y se encuentra editado en diversos países del mundo, incluida una completa traducción al francés.

Alejandra Pizarnik abandonó voluntariamente su estadía en este mundo en el mes de setiembre de 1972 en la ciudad que la vio nacer. Apenas 36 años le bastaron para dejar un legado estético que aún continúa despertando admiración por su intensa y dramática búsqueda de aquella palabra que sin lugar a dudas hoy la contiene plenamente.

 






Se cerró el sol, se cerró el sentido del sol, se 
iluminó el sentido de cerrarse.

Llega un día en que la poesía se hace sin
lenguaje, día en que se convocan los grandes y
pequeños deseos diseminados en los versos, reunidos
de súbito en dos ojos, los mismos que tanto
alababa en la frenética ausencia de la página en 
blanco.

Enamorada de las palabras que crean noches
pequeñas en lo increado del día y su vacío feroz.





en la otra orilla de la noche
el amor es posible

-llévame-

llévame entre las dulces sustancias
que mueren cada día en tu memoria.





Cuando sí venga mis ojos brillarán
de la luz de quien yo lloro
mas ahora alienta un rumor de fuga
en el corazón de toda cosa.




La muerte siempre al lado.
Escucho su decir.
Solo me oigo.



Aunque es tarde, es noche,
y tú no puedes.

Canta como si no pasara nada.

Nada pasa.




Poco sé de la noche

pero la noche parece saber de mí,
y más aún, me asiste como si me quisiera,
me cubre la existencia con sus estrellas.

Tal vez la noche sea la vida y el sol la muerte.

Tal vez la noche es nada

y las conjeturas sobre ella nada
y los seres que la viven nada. Tal vez las palabras sean lo único que existe
en el enorme vacío de los siglos
que nos arañan el alma con sus recuerdos.

Pero la noche ha de conocer la miseria
que bebe de nuestra sangre y de nuestras ideas.
Ella debe arrojar odio a nuestras miradas
sabiéndolas llenas de intereses, de desencuentros.

Pero sucede que oigo a la noche llorar en mis huesos.
Su lágrima inmensa delira
y grita que algo se fue para siempre.

Alguna vez volveremos a ser.





La soledad no es no poder decirla
por no poder circundarla
por no poder darle un nombre
por no poder hacerla sinónimo de un paisaje.
la soledad es esta melodía rota de mis frases.


Emboscado en mi escritura
cantas en mi poema.
Rehén de tu delve voz
petrificada en mi memoria.
Pájaro asido a si fuga.
Aire tatuado por un ausente.
Reloj que late conmigo
para que nunca despierte.


Estallará la isla del recuerdo. 
La vida será un acto de candor. 
Prisión 
para los días sin retorno. 
Mañana 
los monstruos del buque destruirán la playa 
sobre el vidrio del misterio. 
Mañana 
la carta desconocida encontrará las manos del alma.





Yo no sé de la infancia
más que un miedo luminoso
y una mano que me arrastra
a mi otra orilla.

Mi infancia y su perfume
a pájaro acariciado.

La Última Inocencia 
Partir 
en cuerpo y alma 
partir. 

Partir 
deshacerse de las miradas 
piedras opresoras 
que duermen en la garganta. 

He de partir 
no más inercia bajo el sol 
no más sangre anonadada 
no más formar fila para morir. 

He de partir.


A la espera de la oscuridad
Ese instante que no se olvida
Tan vacío devuelto por las sombras
Tan vacío rechazado por los relojes
Ese pobre instante adoptado por mi ternura
Desnudo desnudo de sangre de alas
Sin ojos para recordar angustias de antaño
Sin labios para recoger el zumo de las violencias
perdidas en el canto de los helados campanarios.

Ampáralo niña ciega de alma
Ponle tus cabellos escarchados por el fuego
Abrázalo pequeña estatua de terror.
Señálale el mundo convulsionado a tus pies
A tus pies donde mueren las golondrinas
Tiritantes de pavor frente al futuro
Dile que los suspiros del mar
Humedecen las únicas palabras
Por las que vale vivir.

Pero ese instante sudoroso de nada
Acurrucado en la cueva del destino
Sin manos para decir nunca
Sin manos para regalar mariposas
A los niños muertos.


para reconocer en la sed mi emblema
para significar el único sueño
para no sustentarme nunca de nuevo en el amor

he sido toda ofrenda
un puro errar
de loba en el bosque
en la noche de los cuerpos

para decir la palabra inocente.









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