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Olga Chams Eljach, poeta colombiana nacida en Barranquilla en 1921, es hija de padres oriundos de Líbano, Medio Oriente. Ha figurado bajo el seudónimo de Meira Delmar desde que algunas revistas cubanas publicaran sus primeros poemas. Hizo estudios en su ciudad natal en el Conservatorio Pedro Biava, en el cual fue luego profesora de Historia del Arte y Literatura, materias que cursó en Roma, Italia. La universidad atlanticense le confirió el doctorado «Honoris Causa» en letras, es miembro correspondiente de la «Academia Colombiana de la Lengua» y dirigió por muchos años la Biblioteca Pública del Atlántico. 

Su poesía caracterizada por una dulce sensualidad, está contenida en los siguientes libros: «Alba del olvido», «Sitio del amor», «Verdad del sueño», «Secreta isla», «Reencuentro», «Laud memorioso», «Huésped sin sombra» y «Alguien pasa», entre otros.



(Del libro Secreta isla) 

La muerte no es quedarme 
con las manos ancladas 
como barcos inútiles 
a mis propias orillas, 
ni tener en los ojos, 
tras la sombra del párpado 
el último paisaje 
hundiéndose en sí mismo. 

La muerte no es sentirme 
fija en la tierra oscura 
mientras mueve la noche 
su gajo de luceros, 
y mueve el mar profundo 
las naves y los peces, 
y el viento mueve estíos, 
otoños, primaveras. 

¡Otra cosa es la muerte! 

Decir tu nombre una 
y otra vez en la niebla 
sin que tornes el rostro 
a mi rostro, es la muerte. 
Y estar de ti lejana 
cuando dices "La tarde 
vuela sobre las rosas 
como un ala de oro". 


La muerte es ir borrando 
caminos de regreso 
y llegar con mis lágrimas 
a un país sin nosotros 
y es saber qué pregunta 
mi corazón en vano 
por tu melancolía 

Otra cosa es la muerte. 




 

(Del libro Alba de olvido) 

Nada igual a esta dicha 
de sentirme tan sola 
en mitad de la tarde 
y en mitad del trigal; 
bajo el cielo de estío, 
y en los brazos del viento, 
soy una espiga más. 

Nada tengo en el alma. 
Ni una pena pequeña, 
ni un recuerdo lejano 
que me hiciera soñar... 
Sólo tengo esta dicha 
de estar sola en la tarde 
¡con la tarde no más! 

Un silencio muy largo 
va cayendo en el trigo, 
porque ya el sol se aleja 
y ya el viento se va; 
¡quién me diera por siempre 
esta dicha indecible 
de ser, sola y serena, 
un milagro de paz! 





Digo tu nombre, mar, tu nombre ardido 
de soles y de júbilo creciente, 
y el corazón enamorado siente 
más clara la presencia del latido. 

Velero que navega repetido 
por los quietos espejos de la frente, 
regresa tu paisaje lentamente 
como si retornara del olvido. 

Y surge tu comarca marinera 
con una trashumante primavera 
de espumas en la mano de cristal. 

Y tu voz de colores, y tu alada 
corona de blancura trabajada 
en gaviotas y pétalos de sal. 




Con paso de gacela vulnerada 
cantando vienes por el bosque umbrío 
coronada de juncos, ramos , lirios. 

Oculto entre los árboles 
un silencio de pájaros anuncia 
tu presencia, 
y te llama el arroyo con los lentos 
ademanes del sauce. 

Enajenada sigues recogiendo 
las últimas violetas. En tus manos 
la postrera corona es la más bella. 

Pronto la linfa sentirá tu peso 
de seda, 
y un breve instante flotará en su espejo 
tu memoria. 



(Del libro Reencuentro) 

¿A dónde iré que no me alcance el vuelo 
de tu mirada que en azor se muda, 
y la noche de sueños me desnuda 
con el brillo quemante del desvelo? 

¿En qué sitio del aire, el mar, el cielo, 
encontrará mi corazón ayuda, 
la clara mano que mi mal acuda 
y en dulcedumbre me convierta el duelo? 

La frente pensativa me rodeas 
de lejanas memorias. Me recreas 
los rostros del amor enceguecido. 

Y es inútil que huya de tu acecho 
si te oigo vivir dentro del pecho 
con la vida sin muerte del olvido. 




(Del libro Verdad del sueño) 

Por ti la mariposa en el liviano 
paisaje de la brisa detenida. 
Y en cada mariposa, repetida, 
la danza de colores del verano. 

El cielo más azul y más cercano; 
más alta la canción y más ardida 
la frente de la rosa sostenida 
en la palma dorada de tu mano. 


Ordenas el azahar, la luz, el vuelo 
de la alondra en el alba, y el desvelo 
de los ángeles niños del rocío. 

El tiempo te rodea, dulcemente. 
Y pasas sin pasar, extrañamente, 
lo mismo que la música de un río. 



(Del libro Verdad del sueño) 



De tanto quererte, mar, 
el corazón se me ha vuelto 
marinero. 
Y se me pone a cantar 
en los mástiles de oro 
de la luna, sobre el viento. 
Aquí la voz, la canción. 
El corazón a lo lejos, 
donde tus pasos resuenan 
por las orillas del puerto. 
De tanto quererte mar, 
ausente me estas doliendo 
casi hasta hacerme llorar . 



¡Mar! 
Y es como si, de pronto, 
se hiciera claridad. 
Ángeles desnudos. Ángeles 
de brisa con luz. Cantar 
del agua que danza una 
zarabanda de cristal. 

Islas, olas, caracolas. 
Grito blanco de la sal... 

Y el corazón, de latido 
en latido, dice ¡Mar! 




(Del libro Verdad del sueño) 

Este es mi corazón. Mi enamorado 
corazón, delirante todavía. 
Un ángel en azul de poesía 
le tiene para siempre traspasado. 

En él, como en un río sosegado, 
el cielo es de cristal y melodía. 
Y a su dulce comarca llega el día 
con un paso de niño iluminado. 

Este es mi corazón. La primavera 
que inaugura las rosas, vana fuera 
sin su espejo de gozo repetido. 

Y vano el tiempo del amor, que mueve 
las alas de los sueños, y conmueve 
la sangre con su canto sostenido 




Ven a mirar conmigo 
el final de la lluvia. 
Caen las últimas gotas como 
diamantes desprendidos 
de la corona del invierno, 
y nuevamente queda 
desnudo el aire. 

Pronto un rayo de sol 
encenderá los verdes 
del patio, 
y saltarán al césped 
una vez más los pájaros. 

Ven conmigo y fijemos el instante 
-mariposa de vidrio- 
en esta página. 




Mis ojos niños vieron 
-ha mucho tiempo- alzarse 
hasta la nube un vuelo 
de sucesivos verdes 
que el aire en torno 
embalsamaban 
con tranquila insistencia. 

El silencio se oía como una 
música suspendida de repente, 
y en mi pecho crecía 
el asombro. 

La voz del padre, entonces, 
inclinóse a mi oído 
para decirme, quedo: 
"Son los cedros del Líbano 
hija mía. 

Mil años hace, acaso 
mil más, que medran 
a las plantas de Dios. 
Guarda su imagen 
en la frente y la sangre. 
Nunca olvides 
que miraste de cerca 
la Belleza". 

Y desde aquella hora 
tan lejana, 
algo en mí se renueva 
y estremece 
cuando topo en las hojas 
de algún libro 
su memoriosa estampa 



(Del libro Reencuentro) 

Como ir casi juntos 
pero no juntos, 
como 
caminar paso a paso 
y entre los dos un muro 
de cristal, 
como el viento 
del Sur que si se nombra 
¡Viento del Sur! parece 
que se va con su nombre, 
este amor. 

Como el río que une 
con sus manos de agua 
las orillas que aparta, 
como el tiempo también, 
como la vida, 
que nos huyen viviéndonos, 
dejándonos 
cada vez menos nuestros 
y más suyos, 
este amor. 

Como decir mañana 
y estar pensando nunca, 
como saber que vamos 
hacia ninguna parte 
y sin embargo nada 
podría detenernos, 
como la mansedumbre 
del mar, que es el anverso 
de ocultas tempestades, 
este amor. 

Este 
desesperado amor. 




Canta la luz aire arriba 
como una alondra. 
Y por la rama de su canto sube 
el mediodía. 

Quieren los ojos seguirlo 
pero no llegan. 
Como el amor, el sol, 
de tanto, ciega. 





(Del libro Secreta Isla) 

Venías de tan lejos como de algún recuerdo. 

Nada dijiste. Nada. Me miraste los ojos. 
Y algo en mí, sin olvido, te fue reconociendo. 

Desde una azul distancia me caminó las venas 
una antigua memoria de palabras y besos, 

y del fondo de un vago país entre la niebla 
retornaron canciones oídas en el sueño. 

Mi corazón, temblando, te llamó por tu nombre. 
Tú dijiste mi nombre... Y se detuvo el tiempo. 

La tarde reclinaba su frente pensativa 
en las trémulas manos de los lirios abiertos, 

y a través de las nubes los pájaros errantes 
abrían sobre el campo la página del vuelo. 

Con los hombros cargados de frutas y palomas 
interminablemente pasaba el mismo viento, 

y en el instante claro de los bronces mi alma, 
llena de ángelus, era como un sitio en el cielo. 

Una vez, antes, antes, yo te había perdido. 
En la noche de estrellas, o en el alba de un verso. 

Una vez. No sé dónde... Y el amor fue, tan sólo, 
encontrarte de nuevo 




(Del libro Reencuentro) 

Nada deja mi paso por la tierra. 
En el momento del callado viaje 
he de llevar lo que al nacer me traje: 
el rostro en paz y el corazón en guerra. 

Ninguna voz repetirá la mía 
de nostálgico ardor y fiel asombro. 
La voz estremecida con que nombro 
el mar, la rosa, la melancolía. 

No volverán mis ojos renacidos 
de la noche a la vida siempre ilesa, 
a beber como un vino la belleza 
de los mágicos cielos encendidos. 

Esta sangre sedienta de hermosura 
por otras venas no será cobrada. 
No habrá manos que tomen, de pasada, 
la viva antorcha que en mis manos dura. 

Ni frente que mi sueño mutilado 
recoja y cumpla victoriosamente. 
Conjuga mi existir tiempo presente 
sin futuro después de su pasado. 

Término de mí misma, me rodeo 
con el anillo cegador del canto. 
Vana marea de pasión y llanto 
en mí naufraga cuanto miro y creo. 

A nadie doy mi soledad. Conmigo 
vuelve a la orilla del pavor, ignota. 
Mido en silencio la final derrota. 
Tiemblo del día. Pero no lo digo. 




Y yo también como la tarde 
toda me tornaré dichosa 
para quererte y esperarte. 
Iluminada de tus ojos 
vendrá la luna, 
vendrá la luna por el aire. 

Tú me querrás inmensamente. 
Mi corazón será infinito 
para la angustia de tu frente. 
Yo te daré los sueños míos: 
amor, dolor, sencillamente. 

Después será la enamorada sonrisa, 
el beso, la memoria llena de ti, maravillada. 
Y el gozo azul de estar contigo 
fuera del tiempo, sin palabras. 

De golondrina en golondrina 
nos llegará la primavera 
de la mirada pensativa. 

Y un mismo cauce de dulzura 
tendrán las rosas y los días. 
Yo te daré los sueños míos: 
amor, dolor, sencillamente.









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