

Por el deceso de alguien
-misterio cuyo vacante nombre poseo y cuya
realidad no abarcamos-
hay hasta el alba una casa abierta en el Sur,
una ignorada casa que no estoy destinado a rever,
pero que me espera esta noche
con desvelada luz en las altas horas del sueño,
demacrada de malas noches, distinta, minuciosa de
realidad.
A su vigilia gravitada en muerte camino
por las noches elementales como recuerdos,
por el tiempo abundante de la noche,
sin más oíble vida que los vagos hombres de
barrio junto al apagado almacén y algún silbido solo en el mundo.
Lento el andar, en la procesión de la espera,
llego a la cuadra y a la casa y a la sincera
puerta que busco
y me reciben hombres obligados a la gravedad
que participaron de los años de mis mayores,
y nivelamos destinos en una pieza habilitada que
mira al patio
- patio que está bajo el poder y en la
integridad de la noche-
y decimos, porque la realidad es mayor, cosas
indiferentes
y somos desganados y argentinos en el espejo
y el mate compartido mide horas vanas.
Me conmueven las menudas sabidurías
que en todo fallecimiento se pierden
-hábito de unos lloros, de una llave, de un
cuerpo entre los otros-.
Yo sé que todo privilegio, aunque oscuro, es de
linaje de milagro
y mucho lo es el de participar en esta vigilia,
reunida alrededor de lo que no se sabe: del
Muerto,
reunida para acompañar y guardar su primera
noche en la muerte.
(El velorio gasta las caras;
los ojos se nos están muriendo en lo alto como
Jesús.)
¿Y el muerto, el increíble?
Su realidad está bajo las flores diferentes de
él
y su mortal hospitalidad nos dará
un recuerdo más para el tiempo
y sentenciosas calles del Sur para merecerlas
despacio
y la noche que de la mayor congoja nos libra:
la prolijidad de lo real.
Jorge Luis Borges
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